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HARVARD COLLEGE LIBRARY

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ALGUNAS OBRAS

PEL OOCTOH

FRANCISCO LÓPEZ DE VILLALOBOS.

1

Imprenu 4t Miguil Giniita, Cunpoman«t, 8.

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ALGUNAS OBRAS,,

DEL DOCTOR

FRANCISCO LÓPEZ DE VILLALOBOS.

publIcalai LA SOCIEDAD Vi?, BIBLIÓFILOS ESPAÑOLES.

MAOHll) MDCCCLXXXVI

HARVARD COLLEGE LfBRARY

FROM THE LIBRARY OF

FERNANDO PALHA

DECEMBER 3, 1928

NOm.

244.

Sr. D. Fernando Palhii

PRÓLOGO.

rf»»»»»»^»^^»

I.

NACIMIENTO, PATRIA, ORÍOEN Y FAMILIA

VILLALOBOS.

El cuidado de esta edición de las obras inéditas y raras de Villalobos no debió correr á cargo de quien esto escribe, sino del Sr. D. Bonifacio Montejo y Robledo, de buena memoria, que había consagrado al estudio de Villalobos lar- gos y sin duda fructíferos trabajos; pero después de aceptar el encargo de nuestra sociedad, sintió escrúpulos de incom- petencia, porque el Sr. Montejo habia estudiado á Villalobos como médico, y más especialmente como sifilógrafo, y para la obra que iba á publicarse era lo principal estudiarlo como literato y aun como poeta; no por qué creyeron mis compañeros que yo sería á propósito para desempeñar este encargo, pues no paso de ser un mero aficionado, así á las ciencias déla vida, como á la amena literatura: no pude, á pesar de mis reparos, lograr que me excusaran de este trabajo, y otros muchos que sobre han cargado en los

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Últimos años, han sido parte para que se retrase más de lo justo la publicación de este volumen de nuestra colección, del cual á poderse decir con mucha razón, por las que ya dejo apuntadas, que ha salido á luz t tarde y con daño.t

Ni siquiera he podido, para compensar en algo tales inconvenientes, consagrar al desempeño de mi tarea el tiempo y la paciencia que hubieran sido menester, porque el asunto, si no se reduc^ á la mera impresión del manuscrito copiado del que existe en el Museo Británico, se presta, ó, por mejor decir, convida á largas investigaciones y á comen- tarios muy extensos; pues Villalobos ocupó lugar muy á propósito en la Corte para conocerla y dárnosla á conocer en época tan interesante y gloriosa para España como fueron los reinados de los señores Reyes Católicos D. Fernando y D.* Isabel, y de su insigne nieto el Emperador Carlos V. Además, la vida del famoso médico despierta grandísima curiosidad que no satisfacen las breves noticias de Morejon y de Chinchilla, las que dan. en su traducción de Ticknor los Sres. Vedia y Gayangos, ni las más extensas que se con- tienen en la obra que consagró á Villalobos el Dr. Jorge Gaskoin (i), gracias á los datos que generosamente le pro- porcionó el Dr. Montejo.

Felizmente las cartas halladas en el Museo Británico y las latinas que están al fin de las Congrestones, hasta ahora no estudiadas, dan gran luz sobre Villalobos; y si á tales elementos, y á otros que he logrado allegar, se uniera la habi- lidad de que carezco, se podria dar á conocer á nuestro céle- bre físico con tanta exactitud como á un personaje contem- poráneo.

Es ya sabido que Villalobos no nació en Toledo, como dijo Nicolás Antonio; y aunque no de una manera directa, muchos indicios demuestran que vio la primera luz en la provincia de Zamora , en tierra de Benavente , y casi con seguridad en el pueblo de Villalobos, de que tomó el ape- llido, que unió al de López, patronímico de su familia.

(i) Tlie medical works of Francisco Lope^ de Villalobos. The celebrated court physician ofSpain^ efe— London, MDCCCLXX.

3

En efecto, en una de las primeras coplas del Sumario de Medicina, hecho por mandado del segundo Marqués de Astorga, dice Villalobos dirigiéndose á este magnate:

«Aun hasta en los ñsicos ay tal concierto, que son de su casa por línea y suceso. Mi agüelo del suyo fué ñsico experto. Mi padre del suyo, y aun suyo es por cierto; ^o estoy reservado á seguir tal proceso.»

El segundo Marqués de Astorga, D. Pedro Alvarez Ossorio, era además tercer Conde de Trastamara y señor y Conde de Villalabos, el señorío de este último pueblo era muy antiguo en su casa, y por tanto es verosímil que tuvie- ran la suya en él los antecesores de Villalobos, físicos de aquellos señores , y que, según costumbre de Castilla, para distinguirse de los muchos que en ella tenian y usaban el patronímico de López, añadirían que eran del lugar de Villalobos.

Confirma estos indicios, hasta el punto de producir el más completo y racional convencimiento, lo que dice Villa- lobos en la carta (i) de i5 de Octubre de iSio, dirigida á D. Cosme D. Gómez) de Toledo, Obispo de Plasencia; lamentándose de haber dado oidos á la ambición, exclama: «¡Desdichado de mí, que si todas estas cosas hubiera reflexio- nado atentamente, ni traspasara soberbio el umbral paterno, ni hubiera rechazado desdeñoso la honra alcanzada por mi padre. Era éste médico en su tiempo no poco reputado, habitaba constantemente en reducida aldea, no pasando nunca de segura y feliz medianía. Hizo vida frugalísima, conservando hasta su término el ánimo sereno, el espíritu tranquilo, y encerrado entre las paredes de su pequeña morada, ni temia los tiros de la suerte, ni le espantaban las maquinaciones de los hombres. Constantemente siguió tan cuerda conducta, que si hubiera presenciado en imagen el fin del mundo, hubiera permanecido tranquilo con su acos-

tó Esta carta es la X de las que están al fin de las Congresiones.

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tumbrada sonrisa en los labios. Pasó al cabo de esta vida sin darnos muestra alguna de pesar, y fué á poseer el Reino que por la infinita misericordia de nuestro Redentor le estaba reservado. Su muerte me arrancará lágrimas mientras viviere.!

De este bello retrato que hace de su padre Villalobos se deduce la condición modesta y feliz de su familia, y si vivió siempre en pequeña aldea, como lo era y todavía lo es el lugar que dio su nombre á nuestro físico y á sus predeceso- res y sucesores, es claro que no pudo menos de ver en él la luz primera. Todavía se infiere con más claridad que no era del Reino de Toledo, sino de Castilla la Vieja, de la siguiente digresión que se lee al principio del diálogo de las fiebres interpoladas que mandó añadir á los Problemas D. Esteban de Almeida, Obispo de Astorga: he aquí las palabras de Villalobos, que no necesitan comentario:

tYo trabajaré aquí en declarar y allanar esta materia por el más claro lenguaje castellano que yo pueda, y no será el de Toledo, aunque allí presumen que su habla es el dechado de Castilla, y tienen mucha ocasión de pensarlo así por la gran nobleza de caualleros y damas que allí viuen. Mas deuen considerar que en todas las nasciones del mundo la habla del arte es la mejor de todas. Y en Castilla los curiales no dicen «hacien» por thacian.» ni «comien» por «comian,» y assí en todos los otros verbos que son de esta conjugación; ni dicen «albaceha,» ni «atmutacen,» ni «atayforico» (i), ni otras palabras moriscas con que los toledanos ensucian y ofuscan la polideza y claridad de la lengua castellana. Esta digression he hecho aquí, aunque es fuera de propósito, porque las damas de Toledo no nos tengan de aquí adelante por gofios.

El año del nacimiento de nuestro médico lo determinó con exactitud el Dr. Montejo, deduciéndolo de la carta latina (2) dirigida al Dr. Gonzalo de Moros el 22 de Abril

(1) Diminutivo de ataifor, escudilla de cobre. Véase Dozy, Gtosaair^ des mots espaf^noh et portugais derivé de V árabe, pág. 309.

(2) Es la 111 de las que van al fín de las Congresiones.

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de 1 507, en la que dice, vertidas las palabras al castellano: «Perdone quienquiera que él sea las injurias, y en cuanto á mí, si Dios me tiene de su mano y la suerte no se ensaña conmigo, el que de nació jamás será médico, á no eman- ciparse de mi potestad ó mientras la Parca no corte el hilo de mi vida, que hasta ahora sólo deja á las espaldas treinta y tres años.» Si el de iSoy tenia treinta y tres años Villa- lobos, es claro que nació de 1473 á 1474. Esta fecha se con- firma con otras indicaciones del mismo Villalobos, así, por ejemplo, en las coplas dirigidas desde Zafra al Almirante en 10 de Mayo de i525, dice':

•Cincuenta años he remado con vientos y vanidades.»

No se necesita ser muy aritmético para deducir que si habia vivido ya cincuenta años el de i525, debió nacer Villalobos, lo más tarde, en 1473, como antes se dice.

Aunque hasta ahora nadie lo habia indicado, resulta evi- dente del más somero estudio de las obras de Villalobos, que éste era de familia de judíos, y es de presumir que lo fué él mismo, pues le llaman, y él se reconoce, confeso; es decir, que habia profesado la religión mosaica. Nadie ignora que en España, durante la Edad Media especialmente, era la Medicina una de las profesiones que con mayor predilección ejercian los judíos; y también es cosa sabida que en muchos casos, los que pertenecian á esta raza, si bien cristianos en la apariencia, continuaban en secreto fieles á su antigua reli- gión; y esto fué mucho más general que antes, después de decretada la expulsión de los judíos por los Reyes Católicos, siendo posible que la familia de Villalobos, y aun él mismo, no se convirtieran hasta después de aquel suceso. Las prue- bas de que Villalobos era judío son tantas, que sería muy prolijo aducirlas todas: en la carta dirigida á Jufre desde Madrid el 18 de Marzo de i5i8, dice: «Muchos golpes crue- les me diste y con ninguno me sacaste sangre sino cuando me la descubriste. « En otra carta dirigida al Condestable de

Castilla el 25 de Noviembre del mismo año, dice: t que

yo no puedo negar á V. S. esta maldita naturaleza que

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saqué de su tierra, y tan sucia, que no la he podido lavar con todo el Jordán y el Spíritu Santo encima del, porque no me vino á en figura de paloma como al Conde de Haro y á los otros samaritanos de su linaje.» Pero todavía resulta esta circunstancia más clara en las coplas que dirigió el Almirante á Villalobos cuando éste se retiró de la Corte en i32S, en las cuales, por hallarse cerca de Córdoba, le dice:

«He mucho temor que os toque la influencia del Lucero.

A lo que contestó Villalobos desde Zafra el lo de Mayo del mismo año de i525:

«Y si Lucero en Judea las doce tribus juzgare, Lusitania nos ampare, provincia de Galilea.»

La persecución del inquisidor Lucero en Córdoba contra los judaizantes es famosa, y de ella trata con extensión don Juan Antonio Llórente en su Historia de la Inquisición, y es, además, sabido que con motivo de aquellos sucesos se refugiaron en Portugal muchos judíos de Castilla. Como Villalobos al salir de la Corte se fué á las tierras del Marqués de Priego, cerca de Córdoba, el Almirante amenaza entre veras y burlas á Villalobos con la persecución del cruel inquisidor, á quien por sus hechos pusieron el apodo de Tenebrero. El mismo Almirante , en otra poesía dirigida á Villalobos, y aludiendo á que su linaje habia sido causa de que sufriera el desaire que le determinó á abandonar la Corte , dice :

•Y pues de vuestro linaje os ha nacido el ultraje sabiendo más que Avicena, mientras la casa se ordena le deueis servir de paje.»

7 A lo cual contestó con harta razón Villalobos:

•Si el físico se tomase para hacer generación , era muy justa razón que el linaje se mirase.»

Se ha dicho antes que Villalobos consintió el calificativo de confeso, y en prueba de ello véase lo que en los versos del Almirante^ citados antes, dice este magnate:

«Que si temió que un gran precio, según escribe Voecio, hará al confeso errar. »

A esto sólo contesta Villalobos lo siguiente:

«Nunca hizo en sus ovejas apartamiento el Señor; esto digo al confesor si cupo en estas consejas, y si hubo allá memoria de traiciones perentorias, jamás en nuestro servicio, fué hallado aqueste vicio; busquen todas sus historias.»

La calidad y origen judío de Villalobos, aunque le pro- dujera algunos inconvenientes^ no dejó de tener para él grandes ventajas, porque los de esta raza emparentaron, espe- cialmente por las mujeres, con los magnates más esclarecidos de Castilla, y quizá esto explique el favor que desde muy joven alcanzó en la Corte el famoso médico, que presumía ser pariente de ellos: en una carta dirigida al Duque de Nájera, que aunque no tiene fecha, por su contexto parece ser de fines de i532 ó principios del año siguiente; hablando déla hija de este personaje, dice: «La Sra. D.^ Guiomar (Dios me la guarde, porque es honra de iodo nuestro linaje.

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está muy buena, etc.;» y en otra carta al mismo Duque, y hablándole también de su hija, se expresa en estos términos: «Y volviendo al tema de vuestra muy cuerda y muy devota epístola, digo que yo estaba con gran recelo que la señora D.' Guiomar habia de venir tan bo^al dessas montañas, que en todo lo que hiciese y dixese nos habia de poner en ver- güenza, y es cierto que el dia primero que entró en Palacio fué luz y espejo de todo vuestro linaje, porque allende de ser tan gentil dama como la que más lo es, se supo también tratar con las otras damas y con la Emperatriz, y tan medida en el callar y en el hablar, y todo ello con tan buena autori- dad y gracia, que todos echamos mil bendiciones al vientre en que anduvo, que á éste sólo se deben dar las gracias mucho más que al padre que la engendró, porque si algún bien saliese de vuestra casa, d nosotros se debe, que somos genus electum regale sacerdotium, y no á vosotros los Manriques, quia pars diaboli estis. Perdóneme mi señor el Inquisidor mayor si le hago polvo, que otro dia me hará él á humo. En lo que toca á la salud de esta señora mi sobrina, etc.»

En una de las cartas latinas puestas al fin de las Congre- siones noticia Villalobos de haber sido acusado y preso porque sus émulos atribulan á hechicerías y á sortilegios su favor en la ^Córte, y no es muy aventurado suponer, en vista de lo que en la carta de que se han copiado algunos conceptos dice del Inquisidor, que fué su orígen judío la causa de la persecución que sufrió. De todos modos es curioso é interesante el contenido de esta carta latina, porque noticia de un grave incidente de su vida, de que hasta ahora no habia hablado ninguno de sus biógrafos; aquí sus palabras:

«De ninguno de estos avisos me curé, yo el más insensato de los hombres; antes, enredado en los lazos del engañoso mundo, no me aparté de la vía de perdición en que los malos reciben castigo y por donde caminan á los infiernos. Así que, hinchado de vanidad por mi calidad de cortesano y médico del Rey, ofrecíme al ludibrio de la plebe, que me señalaba con el dedo. Todavía esta misera condición despertó la en-

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▼idia en el pecho de hombres por demás miserables y necios que me llamaron mago conocedor de filtros jr maleficios, cual si de airo modo me hubiera sido imposible alcanzar tan alto grado de fortuna. De aquí surgió la sospecha, j^ llegando la vof d los sagrados oidos de los inquisidores^ fui presoy tenido en estrechísima cárcel con gran dolor de mi amada mujer y lástima de mis amigos, por donde toda mi gloria quedó reducida á polvo y se convirtió en afrenta tan de repente que apenas se pudiera creer. Entre el vulgo corrian sobre muchos y variados juicios. tTiene el diablo en el cuerpo y lleva un familiar en el anillo,» decian unos. tNo, replicaban otros, sino que es charlatán y hechicero, que por medio de ciertos pactos y contratos con los demonios, engaña á los demás y gana sus voluntades.» Estos afirmaban que era adivino y presagiaba lo futuro é interpretaba los oráculos milagrosamente escritos, y no eran pocos los que aseguraban que era dueño de ligar y desligar y de hacer que las mujeres acudiesen de noche contra su voluntad á mi llamamiento. Estas y otras muchas cosas de este jaez se propa- laban entre las gentes mientras yo seguia encarcelado. Seria largo y enojoso referir el laberinto de cuidados, las tristezas y tenebrosos espantos de aquella horrible soledad, sólo cono- cida de los que la han sufrido. Mas dejando atrás esto, pues la mente se me resiste á examinar tales sinsabores, digo que al cabo de ochenta dias, por misericordia de Dios y patro- cinio de la verdad, salí de la cárcel libre y con honra.»

Estas pruebas y otras muchas que fácilmente se encon- trarán examinando las obras de Villalobos y entre todas sus cartas castellanas y latinas, demuestran el origen judío del insigne doctor, circunstancia que, si le produjo contrarieda- des y grandes amarguras, fué origen de sus relaciones con los magnates de Castilla, lo cual, juntamente con su extraordi- nario mérito, le elevó, joven todavía, al codiciado puesto de médico del Rey Católico D. Fernando, á quien asistió, como se verá luego, hasta su último suspiro.

lO

II

ESTUDIOS DE VILLALOBOS. SUS PRIMERAS OBRAS.

Sin duda las relaciones de su familia proporcionaron á Villalobos la protección de los Grandes^ en especial la del Marqués de Astorga, pues, como dicho y resulta de una de las primeras coplas del Sumario de Medicina, los antecesores de Villalobos fueron médicos de los del Mar- qués, y aquéllos, según la cláusula del testamento de Juan Alvarez Osorio, señor de Villalobos y Castroverde, otor- gado en este último lugar á 25 de Agosto de 1477. que insertó el Sr. Gástelo y Serra en su discurso inaugural de la Academia de Medicina del año de 1868, solian costear los estudios de algunos jóvenes en la insigne Universidad de Salamanca.

En ella estudió también Villalobos, pues asi lo declara en el Sumario, donde se llama ^estudiante en el estudio de Salamanca;! y por los antecedentes expuestos y por el elogio que hace del Marqués de Astorga en dicha obra, es de inferir que allí viviese á expensas de este magnate, del que dice:

«Que en ver yo un Señor y de tanta escelencia Mandarme una cosa por grave que sea, La gruesa rudeza se torna en sapiencia, La crvda pereza en muy gran diligencia, Y el muy pervertido querer ya desea. Por quél, del mayor y mejor Rey cristiano Es su carnal primo, segund que sauemos;

II

Aqueste es Osorio que ha puesto la mano Contra hombres y diablos y todo tirano, Y nunca sus armas sin sangre las vemos.

Bien basta que mire el que quiere sus daños Para que le otorgue la mas alta ley, Que siendo niñito de solos doce años Con sus lobos vino arramando rebaños Armado en servicio de su propio Rey. Y tal daño dieron al otro pastor Que entraba á hurtar en los hatos ágenos, Que no siendo injusto al estoriador, Dirá maravillas de aqueste Señor Por este y por otros mil hechos tan buenos.»

En efecto, D. Pedro Alvarez Osorio, segundo Marqués de Astorga y tercero de Trastamara, era hijo de D.* Leonor Enriquez, hermana de D.^ Juana Enriquez, madre del Rey Católico, y sucedió en esta casa á su padre el primer Mar- qués de Astorga, de edad de doce años, «á tiempo que suce- dió la muerte del Rey don Henrique Quarto, que fué causa- dora de grandes guerras y diferencias entre los Reynos de Castilla y Portugal sobre la sucesión de ellos, diuidiéndose los caualleros dellos en grandes bandos y parcialidades, acu- diendo el Marqués á la parte y servicio de los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel, juntando en sus tierras buen número de hombres de armas y ginetes con más de dos mil infantes, en edad tan floreciente, que sólo tenia catorce años, y se fué con ellos al real que estaua sobre Toro, donde se hallaua este Católico Príncipe, del cual fué graciosamente recibido, agradeciéndole mucho el servicio que le hacía en tal ocasión, donde dentro de pocos dias se dio la batalla. Y escriben los que tratan destas materias, que el escuadrón que primero arremetió fué el de la gente del Marqués, por ser el mayor, juntándose luego con el del Duque de Alúa; ambos dieron en el cuerpo de la batalla de los Portugueses, que los desbarataron, vencieron y ganaron la honra desta victoria, y

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12

el Marqués quedó, aunque de tierna edad, engolosinado del gusto deste suceso, que no quería quitarse las armas para comer ni dormir, hasta que el Rey le dijo que ya no eran menester, que las guardase para otra ocasión; y así, en todas las que adelante se ofrecieron para la pacificación de los Reynos contra Moros, y en otras, se halló el Marqués, siempre con su gente y persona, y últimamente en las del Rey no de Granada, donde tuvo felicísimos sucesos.» Esto dice López de Haro en su Nobiliario^ y aunque el cronista Pulgar cuenta de modo muy diferente el suceso de la batalla de Toro, con- viene en que á ella asistió «D. García de Osorio con la gente del Marqués de Astorga, su sobrino» (i), y debe darse á las coplas del Sumario, cuyo sentido resulta claro con estas indicaciones, sirviendo para comprobar el curioso hecho his- tórico á que en ellas se alude.

De la extensión y aprovechamiento de los estudios de Villalobos dan amplísimas pruebas sus obras, en las que demuestra que era consumado humanista y que se dedicó también á la filosofía, revelándose en todos sus escritos la gran importancia que daba á esta ciencia y el conocimiento profundo que tenía de las doctrinas de Aristóteles, algunas de cuyas obras tradujo y comentó, según él mismo declara, como luego veremos. Con tal preparación escribió su Suma- rio de Medicina, que publicó cuando apenas contaba veinti- cuatro años, en el de 1498, y, como se sabe, en este libro iban inclusas las Coplas sobre las pestíferas buvas, que dan señaladísimo lugar á Villalobos en la historia de la Medicina. En este mismo año la ejercia ya en Zamora, según clara- mente resulta de la carta latina fechada en esta ciudad á 16 de Agosto y dirigida á su padre en respuesta á la que éste le escribió dándole consejos sobre el ejercicio de su profesión, y de esa misma carta aparece que ya en aquel año estaba casado, pues habiéndole recomendado su padre la castidad como una de las virtudes que deben resplandecer en el médico que practica su arte, le contesta con el espíritu burlón que

(1) Crónica de los Reyes Católicos. Valencia; Moníbrte, pá^ 86.

i3

reina en machos de sus escritos: •Secundum utique probo. Domine me castissime vivere necessitas ipsa cogiu Mulier enim quam dedisti mihi adolecentulam etformosam radU calem totum divellit humorem tU nihil reliquet distribuen- dum sumpsiL Et nunc Francisce fornicare si potest, qui adtic, hercule, domi non suficiens, si fas esset collega tibi explorandum erat.r^

Aunque la primera carta latina dirigida al Dr. Gonzalo de Moros en el año de iSoí no expresa el lugar en que fué escrita, es racional suponer que aquel año tenia Villalobos todavía su domicilio habitual en Zamora, y que allí, además del ejercicio de su profesión, se dedicaba á los estudios que ya le debiah haber conquistado justo renombre entre físicos y literatos, pues la carta á que se alude es contestación á una consulta que le habia hecho aquel doctor sobre la inteligen- cia de unas palabras de Plinio, autor que comentó, y que . sin duda era ya en iSoí objeto especial de su estudio, aunque f el privilegio para imprimir este libro lleva la fecha del i3 de Agosto de 1524, y en este mismo año fué impreso en Alcalá por Miguel de Eguía.

Confirma esta inducción lo que dice Villalobos en la carta á D. Cosme de Toledo, de i5 de de Octubre de ib 10, antes citada: tYo, olvidando el modo de vida y el carácter de mi padre, quise hacerlo, no en la aldea, sino en la ciudad, y no en una cualquiera, sino en lugar populoso;» éralo, sin duda, Zamora en aquel tiempo, sobre todo comparada con los demás lugares de Castilla, como lo es aún en el nuestro, y más toda- vía en el de Villalobos.

Ya en el año de i5o7 deberla formar parte nuestro físico de la familia del Duque de Alba, y por esta circunstancia debió intimar sus relaciones con los demás Grandes del Reino: así, la primera carta de esa fecha que forma parte de las que van al fin de las Congresiones, tiene por objeto dar noticias al Dr. Gonzalo de Moros de la salud del ilustrisimo Conde, que es casi seguro que era el de Benavente. De esta carta resulta además que, cuando menos, en aquella fecha tenía ya un hijo Villalobos, del que, consultado el horós- copo por un astrólogo, habia dicho que seria afortunadísimo

14

médico, á lo cual replica Villalobos con su acostumbrado donaire, que si habia de ser médico no podría ser afortunado, y si era afortunado no podia ser médico, por los muchos trabajos y miserias que éstos tienen que sufrir en su ingrato oficio, y que, por tanto; él no habia de consentir que tal profesión abrazase nadie que bajo su potestad estuviese: esta carta ha servido para fijar la edad de Villalobos, como al principio se ha dicho, pues al escribirla en 1S07 tenia ya (f cumplidos treinta y tres años.

La otra carta, que es la IV entre las latinas, está fechada en Santa María del Campo á 25 de Setiembre de 1S07, y es respuesta á otra en que su padre le habia manifes- tado grandes deseos, para su buen concepto de médico, de que mejorara la salud del Duque de Alba, D. Fadrique, que, según la respuesta de Villalobos, debia estar por enton- ces en gravísimo y peligroso estado. También le habia pre- guntado su padre qué ganancias habia alcanzado por sus trabajos y por su destierro, palabra que con toda claridad indica que en aquella fecha habia Villalobos salido de su patria y ordinario domicilio para acompañar, sin duda, al Duque, su señor, el cual por entonces seguia á la Corte; pero todavía no era médico de ella Villalobos, pues habiéndole pedido su padre noticias de la vida y sucesos de Hernando de la Vega, con cuyo padre tuvo el de Villalobos antiquísima amistad, le contestaba: tYo, á la verdad, como pasajero en la Corte, ni le conozco ni de estas cosas.» No tardó, sin embargo, mucho en alcanzar tan anhelado puesto, y sin duda se refiere á sus pretensiones el siguiente párrafo de la carta escrita el 23 de Julio de i5o8 al Dr. de la Parra, proto- médico (i), en el cual se confirma además que era entonces médico del Duque de Alba. aquí dicho párrafo: t Ahora verá Vmd., ilustre doctor, cómo al pedir con tantos traba- jos á nuestro ilustrísimo Duque la servidumbre, perdí á un tiempo patria, padres, fortuna y libertad. Todo lo dejamos por seguirte, y ahora, ¿qué á ser de nosotros? Nada digo

(i) Es la VI de las latinas que van al fin de las Congresiones,

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de Vmd.y que perdió cuanto podia perder. Sólo nos queda la esperanza, peor mil veces que el sepulcro, puesto que con sus eternas ilusiones y constantes martirios empujando los hombres al infierno. Una madura resolución tengo adop- tada para nuestros asuntos. Conocida os es la costumbre de este sujeto. Siempre que se propone no hablar al Rey en favor de los que, postrados á sus pies, le piden algo, y res- ponde este único adverbio, Bien, debe sobreentenderse Mal; y cuando, cediendo á los ruegos, mueve la cabeza como quien otorga y dice Muy bien, quiere decir Muy mal. Creo, pues, que debemos proveernos de una soga, y cuando conteste á nuestras súplicas Bien, echárnosla al cuello; pero cuando diga Miiy bien, entonces se acabó, estamos perdidos y debe- mos ir corriendo á colgarnos en lo más alto de la Torre de Babel para no tocar con los pies al suelo.» El Duque era primo del Rey D. Fernando, y por los grandes servicios que le habia prestado en todas las vicisitudes de su vida, aun antes de ocupar el Trono, compartia el mayor grado de favor é influencia con su pariente el Almirante D. Fadrique; por tanto, es racional suponer que lo que le pedia Villalobos para el Rey era que le hiciese su médico; y como logró su deseo, es asimismo natural suponer que debió este puesto, además de su mérito, á la poderosa intercesión de este mag- nate. Antes de ocuparlo, y ya formando parte de la fami- lia del Duque, Villalobos anduvo, como se ha dicho, en su compañía, y esto se confirma en otros pasajes de la carta de que hemos tomado lo que antecede. Infiérese de ella que curado de sus dolencias el Duque de Alba, y deseoso Villalo- bos de ver á su familia, emprendió un viaje cuyas peripecias refiere al Dr. Parra á quien dice: oEl primer lugar adonde me encaminé después de separarnos fué Salamanca, y al entrar por las puertas salióme al encuentro mi excelente Bernar- dino, que abrazándome tiernamente, me llevó consigo y me obligó á echar pié á tierra á la puerta de su casa, donde, en su compañía y la de su buena mujer y de algunos amigos, me detuve tres dias;» que pasó sin duda Villalobos recordando sus buenos tiempos de estudiante y tratado por su huésped á cuerpo de rey; los excesos de la comida le produjeron unal

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III.

VILLALOBOS MÉDICO DEL REY CATÓLICO.

Puede tenerse por seguro que Villalobos alcanzó el puesto de médico del Rey Católico lo más tarde en 1 509, pues de que ya lo era en i5io testimonio irrecusable la carta de 10 de Octubre de este año, dirigida también al Obispo de Plasencia, que es la última de las latinas puestas al fin de las Congresiones; se ha hecho mención de ella para aducir una prueba de la calidad de confeso de nuestro médico, y sin duda por la persecución que esta circunstancia le pro- dujo, y principalmente por su carácter, que, bajo aparien- cias de alegre y festivo, era profundamente melancólico, ya en aquella fecha tenía pensamiento de abandonar la Corte, pues decia al Obispo al final de esta carta: «Y por lo que hace á lo presente, diré, ilustre Prelado, que para en adelante renuncio á la Corte, á fin de que, saliendo incólume de este valle de miserias, consiga volar á la del Rey Eterno, donde ni temeré el enojo de los grandes ni retrocederé ante la repulsa de los picaros porteros, ni me arredrarán los varios accidentes ni las ilusiones de la fortuna. Mas por cuanto todavía no tengo resuelto á dónde me encamine ni en dónde me establezca, esta carta no lo revelará á V. E., sino otra, si á Dios place.» Parecia, pues, que sería cosa inmediata la reti- rada de Villalobos á algún lugar pequeño y apartado para imitar la conducta de su padre; mas por de pronto no cumplió semejante resolución, aunque constantemente reinaba en su mente aquel pensamiento, cosa muy ordinaria en los que

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viven en la Corte, y que explicó con su habitual elegancia Rioja diciendo:

«Fabio, las esperanzas cortesaiias Prisiones son do el ambicioso muere Y donde al más astuto nacen canas.

No murió en ellas Villalobos, pero le nacieron canas^ porque, contra lo que dicen la mayor parte de sus biógrafos, no se retiró definitivamente de la Corte hasta una edad avanzada.

La serie de las cartas latinas de Villalobos termina con la de I o de Octubre de i5o9, y las castellanas empiezan por la dirigida á Jufre, Aposentador del Rey en Flándes, escrita en Madrid el 8 de Enero de i5i2; que entonces estaba Villalobos en la Corte lo demuestra el texto de esta saladí- sima epístola, escrita toda ella de burlas en estos términos:

«Las nuevas de acá son que en la primera semana de Di- ciembre, á las diez horas del dia, aparecieron aquí muchas estrellas alrededor de la luna. Algunos astrólogos dijeron que era señal que los cristianos habían de cercar á los moros; otros dijeron que se habian de descubrir muchos tesoros y cosas secretas; otros que vendrá el Rey y se juntarán á él todos los Grandes. Yo dije en aquella consulta que no era sino que en esta Corte nos hacen ver las estrellas á mediodía.» No revela esta carta el más leve deseo de abandonar la Corte, aunque la última frase copiada indica que no era todo satis- facciones la vida de los que estaban al lado del Rey. Villa- lobos, según todos los indicios, continuó en su puesto, aun- que sin duda cada accidente de su fortuna despertara en él la idea de abandonarlo, no sólo para vivir tranquilo, sino para consagrarse con más espacio á sus aficiones científicas y literarias.

Los cuidados propios de su cargo, que ya por entonces debían ser muy graves por el estado de la salud del Rey Católico, y los continuos viajes á que le obligaba la movi- lidad de la Corte, no impedían á Villalobos consagrarse al estudio, como lo prueba la circunstancia de que en el año

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de 1 5 14 acabó de escribir las Congresiones, á cuyo final se lee lo siguiente: nExplictt liber duodecim principiorum qm ettam Congresiones epellatur in oppido Madrid assistente Caiholico Rege, martii quinta decima anno Christi milie- simo quingeniessimo quarto décimo, » Este libro fué impreso el mismo año en Salamanca, como se verá más adelante. Al siguiente terminó la traducción de la comedia de Planto titulada Amphitrion, según resulta de la carta dirigida A un Grande del Reino, que impresa al ñn de ella en las varias ediciones que existen, siendo de notar que, según su contexto, en aquella fecha persistía en su pensamiento de abandonar la Corte, pues dice asi al principio de ésta, que es una de sus más elegantes cartas: a Muy magnífico señor: Con las livian- dades de Júpiter, como con las plumas de gallo, he pescado aquí galanes como truchas para metellos en la santa doctrina del amor virtuoso, y maguer que ellos congojarán de salir de sus piélagos, no deja por eso de ser buena pesca. Esto les doy en pago de cuantas mercedes y favores en esta Corte me hacen, porque estoy de voluntad, si Dios quisiere, de dejallos muy presto, E si la grave enfermedad del Rey, nuestro Señor, no me detuviese, que seria mal caso dejar á S. A. en tan gran necesidad, ya me hauria yo arribado en algún puerto y remanso donde escapase de los peligrosos golfos y tempestades deste mar.» Esta carta se escribió en Calatayud el 6 de Octubre de i5i5, donde el Rey D. Fer- nando fué para asistir á las Cortes de Aragón, que, por cierto, le negaron los servicios de ellas solicitados para las graves atenciones del Reino, y, como dice Zurita, t partió el Rey de Calatayud para Madrid, entrado el mes de Octubre con todo el descontentamiento y desagrado que se puede pensar de sus subditos y naturales, á quien él tanto hauia amado y favorecido, y fué por Buytrago por correr monte, y la Reyna se vino á Zeragoza, y de aquí pasó al Principado de Cataluña para asistir á las Cortes que se hauian convocado á los catalanes para la ciudad de Lérida. Su partida fué muy arrebatada de aquella ciudad de Calatayud para volverse á Castilla, con tanto desgrado de los aragoneses, padeciendo mucho tormento de una tan graue y larga dolencia, y teniendo

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tan presente la muerte, se pareció mucho con la que hizo el Rey Don Hernando, su agüelo, de Barcelona, cien años antes, estando para espirar, con el mismo sentimiento y queja de los catalanes, en tanto extremo, que declararon bien el uno y el otro, en cuanto más estimaban ser Gobernadores de aquellos Reynos que con aquella libertad de los subditos reinar en los suyos.»

Sabido es que el Rey Católico murió en Enero del año siguiente de i5i6 en la aldea de Madrigalejo, en medio de las dificultades que ofrecía la situación de España y sin abandonar hasta el último instante los negocios públicos; es de suponer que Villalobos le acompañó hasta el último trance de la vida, y que, muerto el Rey, siguió á la Corte, pues en ella se hallaba el 17 de Marzo de iSiy, según la carta dirigida á Garci-Jufre desde Madrid en dicha fecha. Esta carta, escrita en burlas menos el párrafo final y algunos conceptos, empieza de este modo: «Vuestra carta fué vista por los señores del Consejo Real. 9 Y más adelante dice: «Las nuevas de acá son que tenemos todos tanta sed con la venida del Rey , que con todo cuanto de allá yiene quedamos tan satisfechos como vos lo estaríades en un buen banquete con un jarro de agua fria. Van Embajadores y vienen Embajadores, y el Rey estáse quedo.» Era grande, en efecto, el ansia con que se esperaba en Castilla la venida del Príncipe D. Carlos, por las dificultades que nacian del estado de su madre D.^ Juana y de las disposiciones que con este motivo había dictado en su testamento su abuelo el Rey Católico D. Fernando. Sin duda Villalobos, en aquella inte- rinidad, conservaba la posición de médico de Palacio, y esto explica el último párrafo de esta carta á Jufre, á quien dice: «Un negocio tengo allá en poder del Sr. Thesorero: pídoos por merced que hagáis á su merced memoria del, y perdo- nadme, por amor de Dios y por la santa cuarentena en que estamos, la descortesía de hablaros en seso, porque la nece- sidad me hace salir fuera de términos.» De dineros debia ser ésta, que expresa repetidas wccqs Villalobos, el cual, quizá por su naturaleza judía, daba no pequeña importancia á los bienes terrenales, y sin duda el negocio á que aquí alude

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consistiria en el pago de su estipendio como médico de los Reyes; cualquiera que fuese su índole, es lo cierto que tardó en resolverse, lo cual se explica, así por la confusión en que andaban por entonces las cosas de la Corte y las del Reino, como por las dificultades que nacian de la ausencia del que ya todos llamaban Rey D. Carlos, de la gran distancia á que se hallaba de Castilla y de lo largo y penoso de las comunica- ciones en aquella época. Esto explica el contexto de la carta de 7 de Julio del mismo año de i5 17, dirigida por Villalobos también desde Madrid donde se estableció la Corte durante esta especie de interinidad por los Gobernadores el Cardenal Cisneros y el deán de Lovayna Adriano á Diego López de Ayala, canónigo de Toledo, que era uno de los enviados á Flándes para acelerar la venida del Rey, y sin duda para explorar sus disposiciones y propósitos respecto al régimen y gobierno de España; de esa carta se deduce, y más clara- mente todavía de otras, que, á pesar de su constante pensa- miento de retirarse de la Corte, Villalobos no abandonaba sus asuntos, pues dice en esta carta: «Ya he prouado al señor Thes^rero, que es hombre de seso; después díme á passar tiempo con Jufre, que es hombre de burlas; ahora tentaré á Vmd., que es hombre de seso y de burlas; á la postre escribiré á un flamenco de esos que ni son para en seso ni para enburlas , y así habré discurrido por todas las especies de la suficiente división sin sacar la conclusión.» Y al fin de esta carta, que contiene otras noticias interesantes rela- tivas al estado de la Nación y de la Corte, dice: tUn me- morial envió á Vmd. : si aquello se puede hacer , vos lo haréis, y si no lo hacéis, no se puede hacer. Cualquiera de estos partidos será mejor para que vivir suspenso en vida tan corta, por lo que ha de quedar acá después que allá se partiere.» Es de inferir que el objeto de este memorial fuese la petición de continuar en su cargo, pues otros aná- logos hicieron por entonces muchos de los que los ejercían en la Corte, y todos ellos estaban con la natural zozobra porque temian que con la venida del Rey y de los flamencos, que eran sus familiares y favoritos, habia de haber en esto grandes mudanzas.

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Como se sabe, el Rey D. Carlos I de España llegó á sus Estados ea Setiembre de iSiy, desembarcando en Villavi- ciosa de Asturias, acompañado de los españoles que habian ido á Flándes, del famoso Xeures, del Canciller Laxao y demás flamencos, que fueron causa de tanto disgusto, y á la larga, de tan graves disensiones en el Reino; la comitiva caminó muy despacio, y, según las personas de aquel tiempo á que se refiere Sandoval (i), con el propósito de que el Rey no viera al Cardenal Cisneros, ya muy enfermo, y á quien los médicos presagiaban próxima muerte; no consta si Villa- lobos acompañó á Cisneros en este último viaje, pero de la carta que dirigió al doctor de la Reina desde Zaragoza el 6 de Agosto de 1 5 18, resulta que continuó después de la venida del Rey al lado de la Corte y solicitando su continuación en ella; así se infiere claramente, no sólo del texto de otras cartas de Villalobos, sino de los sucesos que por entonces ocurrie- ron en España. Según la opinión más generalmente recibida, el Cardenal Cisneros, que ya estaba gravemente enfermo, murió de la pena que le produjo la carta que le dirigió el Rey y que entendió que era una despedida cortés de su servicio; suceso de gran trascendencia que tuvo lugar en la villa de Roa el domingo 8 de Diciembre de iSij, porque es de suponer que si el Cardenal no hubiese muerto, hubiera contrarestado en el ánimo del Monarca la perniciosa influen- cia de los flamencos.

Llegó por estos dias D. Carlos con su comitiva á Mojados, donde recibió á los del Consejo Real, confirmándolos en sus oficios; pero no hizo lo mismo con los de la Cámara, esto es, con la servidumbre del Rey Católico, porque, á pesar de que lo solicitaban vivamente, se oponian á ello por todos los medios los que desde Flándes venian con el nuevo Monarca ocupando aquellos puestos; hay motivos para suponer que el principal entre los médicos lo tenía ya Narciso, en quien llegó^ á poner D. Carlos toda su confianza, y parece probable que mientras Villalobos no consiguió volver á su cargo, ejercería

(i) Vida del Emperador Carlos V,

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el de médico de la Reina viuda D/ Germana; por esto debió estar en la Corte durante su permanencia en Valladolid, donde se reunieron las Cortes de Castilla, que después de muchas dificultades y debates en los que alcanzó gran fama el doctor Zumel defendiendo los derechos de aquel Reino reconocie- ron y juraron por Rey á D. Carlos.

Terminadas las Cortes de Valladolid, fué el Rey á Zara- goza para celebrar las del Reino de Aragón, acompañándole muchos Grandes y principales caballeros, llegó en los primeros dias del mes de Abril de i5i8, «llevando consigo á la Infanta D.*^ Leonor, su hermana, y á la Reina D/ Germana» (i). En la comitiva iba, sin duda, Villalobos, que en 6 de Agosto escribía desde Zaragoza al doctor de la Reina una carta que, con lo que dicho, tiene fácil explicación, sobre todo el siguiente párrafo:

«Aquí nos andamos Jufre y yo mano sobre mano, y el otro dia me sacaron de seso que fuese á Palacio á solicitar un negocio mió, y topé á la puerta de la sala con Antonico el Gigante, que me estorbaua la entrada. Yo pensé que acaso se me ponia delante, porque no era aquel su oficio, y procuré de colarme dentro; enojóse Antonico, y púsome el hierro del langon á la boca del estómago haciéndole temblar; y con ojazos torcidos y un espantoso bramido, me amenazaba de tal manera, que ya pensaba yo que estaba á la garganta del cangervero. Apenas le hube bien entendido, quando arrebaté de un tramo á la escalera y baxé por ella no tan disimulada- mente que no me vieran ir trompicando algunos conocidos mios; y díxome Pedro de Mendo<;a: tAsí es el mundo, señor doctor:» y otras cosas me dixeron, mas no veamos pesar, que yo no les entendí; tanta era mi ansia de tomar la muía.» Es decir, que el médico y el aposentador de D. Fernando no tenian por entonces ocupación en la nueva Corte, y que Villalobos, que antes gozaba entrada franca en Palacio, era ahora rechazado por los porteros, dando motivo á que le recordaran las vicisitudes de la fortuna.

(i) Sandoval, obra citada, pág. 139. t. L

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No duró, sin embargo, mucho el disfavor del ilustre y gracioso físico, porque según cuenta en carta dirigida al Condestable de Castilla, también desde Zaragoza, el 23 de Noviembre de aquel año, ya en esta fecha habia vuelto á su cargo con la ocasión siguiente. «Ya estaba yo con estas dila- cioDes(dice Villalobos) por echar una soga á la garganta, sino me proveyera Dios de una muy buena vindimia, en que hubo tantas avenidas de cámaras por flamencos y españoles, que me podrían ellos dezir lo que dezia la otra á su ruñan quando reñian: tVellaco, de mi culo comes, de mi culo bebes. » Por aquí se despachó mi asiento con el Rey, y por aquí entré en conocimiento con todos los extranjeros; así, que yo entré en Palacio por la puerta falsa de Mosiur de Xeures. No habia bastado la Rey na (D.* Germana), ni el Conde (de Benavente), ni los Duques (el de Alba entre otros), ni todo el Consejo para ello; quiso Dios mostrar que todo es nada quanto procuramos y todo es suziedad, y cer- róme las calles públicas y todas las puertas y los muros, y hizome entrar por do no cupiera un bodoque.» En medio de las burlas de esta caria, infiérese que la pericia de Villa- lobos como médico le valió entrar en la cámara del Rey D. Carlos, por haber devuelto la salud al más íntimo de sus favoritos.

La carta que también desde Zaragoza escribió Villalobos al Almirante de Castilla el 7 de Diciembre de este mismo año de i5i8, es por varios conceptos muy interesante. Era D. Fadrique Enriquez el magnate más ilustrado de su época, y no sólo tenía gran afición á la poesía, sino que se consagraba al culto de las musas, como ya podia deducirse de las famosas preguntas que dirigió á Fr. Luis D'Escobar y á que éste dio contestación , así como á otras^ de donde resultó el curioso libro titulado Quatrocientas respuestas á otras tantas preguntas, etc. , de que se han hecho varias ediciones, aún no bien estudiadas por nuestros bibliógrafos. Hubiérase podido creer que las preguntas eran supuestas para motivar las contestaciones, pero con las noticias que Villalobos en esta carta y con las coplas de que se hablará luego, resulta demostado que el Almirante cultivaba la poesía castellana

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de tal modo, que dio motivo á que en la carta de que se hablando, le dijera en su peculiar estilo el gracioso físico: «Tomaste, empero, tan á pechos la injuria de la injuriada, y hizistes os tan familiar de la nunca vista ni conocida, que se deue creer que es enfermedad ésta que V. 5. tiene de coplear; esfluxo de coplas como de cámaras, 6 es puxo en que se leuantan muchas veces y no hacen nada.»

Antes, sin embargo, y ocupándose en esta misma carta de las coplas que le habia enviado el Almirante, dice Villalobos: «Aquellas coplas son muy buenas, y todo cuanto V. S. haze es sabroso y dulce; por esso, es bien que las vean todos, mas no conviene que les muestre V. S. mi carta, porque quien le viere así burlar de los amores y supiese que V. S. es enamorado, luego conocerá que aquellas coplas assí crueles y vengativas, son más para vengar la vejez luxuriosa del señor, que para defender la casta juventud de la señora.» Viva curiosidad despiertan estas alusiones, pero no es fácil satisfacerla. ¿De qué señora se hablaba en estas coplas del Almirante? Pero es mayor aún la que producen estas palabras de Villalobos que siguen á las que van tras- critas. «Cierto; en aquel librillo que yo tengo dedicado al nombre de V. S. , mejor colocación os doy que cena me dieron vuestras coplas la noche pasada.» Ninguna de las obras que se conocen de Villalobos, especialmente las que se sabe que son anteriores al año de i5i8, en que fué escrita esta carta, dirigida al Almirante de Castilla. El Sumario de Medicina, impreso en 1498, fué dedicado al Marqués de Astorga. Las Congref iones , al proto- médico Fernando Álvarezen i5i4, y el Amphitrion, publicado al año siguiente de i5i5, termina con la carta A un Grande del Reino, cuyo nombre se calla, de quien no se hace elogio alguno, y que nada indica que fuese el Almirante; parece pues, indudable, que Villalobos alude en este pasaje á otra obra que se des- conoce y que se ignora si llegó á imprimirse.

Muy notable es también el párrafo de la carta de que se trata, en que Villalobos dice de mismo:

«Mándame V. S. que, dexadas todas las cosas, entienda yo solamente en mi medicina. Hallo mi entendimiento con

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tantos senos, que caben en él envoltorios de cosas diversas sin que las unas empachen á las otras, » Este juicio que de su inteligencia hace Villalobos, aunque no modesto, es tan justo como lo demuestra la variedad de asuntos que trató en sus obras, y como debia suponerse en quien no sólo era dator en medicina, sino también en artes, que, según la nomenclatura de aquel tiempo, equivale á lo que ahora llamamos filosofía en su sentido más lato.

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IV.

VILLALOBOS MÉDICO DEL EMPERADOR.

Después de muchas dificultades y alborotos, pues llegó el caso de que pelearan en las calles de Zaragoza las gentes de los Condes de Benavente y Aranda, las Cortes de Aragón juraron y recibieron por Rey á D. Carlos, y terminadas aquellas diligencias, partió el Rey para Barcelona con el mismo objeto á principios del año de j5i9, en cuya ciudad \ encontramos á Villalobos ya en su calidad de médico de la cámara del Rey, según varias cartas suyas escritas en aquella ciudad, la primera en 20 de Marzo de dicho año, dirigida al Arzobispo de Santiago, que luego lo fué de Toledo, don Alfonso Fonseca, hijo del famoso Patriarca de Antioquía, Arzobispo también de Santiago. En esta carta, llena de inte- resantes noticias de la Corte, se dice que el Rey se ocupaba de su elección de Emperador de Alemania, que tuvo lugar el 2li de Junio de este año, y también del casamiento de la Reina D.*^ Germana, que todavía no se habia hecho, pero que no tardó en verificarse en aquella misma ciudad, donde el dia antes de la fecha de la carta, aunque en ella no se dice, se celebró Capítulo de la Orden del Toisón, entrando en ella varios Grandes del Reino.

Aún mayores dificultades que las de Aragón y Castilla opusieron las Cortes de Cataluña para jurar y reconocer por Rey á D. Carlos, y los catalanes al principio se mofaban de la docilidad de castellanos y aragoneses; pero al fin se vencieron todos los inconvenientes y se sometieron los que repugnaban aquellos actos, fundándose en las razones ya

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sabidas, esto es, en que D.* Juana, que aun vivía, era la propietaria de todos los Reinos que formaban la Monarquía.

Estando D. Carlos en Barcelona recibió la noticia de su elección de Emperador de Alemania, y juntamente con ella la súplica de que se trasladara cuanto antes á sus nuevos Estados y tomara posesión de ellos, por el peligro, así de trastornos interiores en Austria, que no tardaron en produ- cirse, como de los planes y malquerencia del Rey de Francia Francisco I, que habia sufrido el desaire de no ser elegido Emperador, aunque lo solicitó ardientemente. Por esta causa, según dice Villalobos en otra carta dirigida al mismo Arzo- bispo de Santiago desde Barcelona el 8 de Setiembre de i520, tel Rey, nuestro Señor, manda ya apercibir los aparejos de su embarcada y se parten muchos flamencos para su tierra.» Con esta ocasión instaron á Villalobos para que formase parte de la comitiva; pero él no consintió en ello, como consta de los siguientes conceptos del fin de la carta á que se haciendo referencia: «Yo no puedo acabar conmigo de ser alemán, porque ni Dios me hizo para aquel fin cuando me ponía la color, ni me parió para eso mi madre. Si Spaña no basta para sustentarme, bastará la misericordia de Dios: 1 es muy corta la vida para poner sobre ella tan gran jornada, ^ y es muy ruin mercaduría curar calenturas donde no hay sino nieves y la mar cuajada. Unos compañeros mios más viejos que yo están muy regocijados con esta partida; mas si ellos no son locos, yo soy necio, y por esso me quiero quedar.»

En esta segunda carta, dirigida, como se ha dicho, desde Barcelona el 8 de Setiembre de i5i9 al Arzobispo de San- 1 tiago, noticia Villalobos de haber sufrido una larga y peligrosa enfermedad en aquel año» en los siguientes tér- minos: tYo prometo á V. S. que si no tuviésedes aquí un hombre tan vigilante y tan importuno en las cosas de vuestro servicio, que me ha sacado de mi seso para que pierda mi autoridad y preheminencia, que yo tenía determinado no escribiros en toda mi vida. Porque sepa V. S. qué cosa es saber que está hombre á la muerte dos meses al arreo y no tener cuidado de saber si es vivo ó muerto. » En esta misma

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carta dice Villalobos: tDespues de acabadas las cosas de aqui y las de Valencia, unos dicen que S. A. quiere ver á Granada y á Sevilla; otros dicen que ha de embarcarse en la Coniña. El Rey ha dicho lo uno y lo otro, en caso que son dos cosas incompatibles.»

Terminadas las Cortes de Cataluña, D. Carlos, á pesar de sus propósitos, no pudo celebrar las de Valencia, y los valencianos no quisieron tenerlas sin que él personalmente asistiera á ellas, y ya á principios del año siguiente de 1620 volvió de Barcelona á Castilla, donde empezaban los anun- cios de las Comunidades; para resolver las graves cuestiones pendientes convocó las de este Reino para Santiago, pues habia mandado reunir la armada que le habia de llevar á Alemania, en la Coruña.

Ya estaba en Galicia el Emperador electo, á donde no le acompañó Villalobos, cuando, con fecha 10 de Marzo de 1 520, escribió éste desde Medina de Rioseco al Almirante de Cas- tilla, y del contexto de esta carta resulta que resistió todas las instancias que se le hicieron para ir á Alemania.

«Algunas persecuciones, dice, pasamos antes que tomá- semos aqui nuestro asiento, y la que yo sentí más graue fué de sacar de rayz mi casa de Alúa y despedirme de la buena compañía del Duque. Él se marchó con propósito de apre- miarme y forjarme para la yda de Flándes. Si Dios no socorre por intercesión de V. S., mis fuerzas no serán bastantes para defenderme. Después acá he tenido recuestas y tentaciones de muchas partes; excusóme de todos con aquella respuesta que dio Nuestro Señor Jesuchristo á la Cananea: •Non sum mtssus ntsi ad oues qui parierunt domun Isrrael. » No la vuelvo en romance, porque no piense V. S. que yo estoy vengativo de las coplas de Qarago^a.»

Esta alusión á las coplas del Almirante es una prueba de que en ellas, lo mismo que en las que antes se han citado del propio autor, éste recordaba á Villalobos su origen judío, el cual se venga del agravio devolviéndoselo á D. Fadrique, á quien con más claridad recordó en otras ocasiones que también él descendia de la familia de Abraham. Por otra parte, se infiere de lo que dejamos antes copiado que Villa-

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lobos se habia considerado hasta entonces, y sin duda lo era, familiar del Duque de Alba, por lo que mantenía su casa en el pueblo de este nombre; y aunque de lo que copiado puede inferirse que se habia establecido de asiento en Medina de Rioseco, esto no impidió que hiciera después de la fecha de la carta varios viajes á diferentes sitios; en ella noticia de un peligro á que habia estado expuesta su familia, en estos términos: tPocas noches que se quemaron dos casas á pared y media de la mia, y como este elemento es algo sospechoso y la turbación fué grande, de poner en salvo los niños y los muebles, estuuo muy cerca mi mujer de mouer lo que tenia en el vientre.» De donde se infiere, además, que Villalobos tuvo numerosa descendencia de su primer matri- monio.

Por último, en esta misma carta anuncia el próximo viaje del Emperador electo desde Galicia á Alemania, pues dice: tLas nuevas de acá son que el Rey, nuestro Señor, con toda la nobleza de Spaña, está en los postreros términos de Occidente, los unos para meterse en la mar huyendo de nuestra vista, y los otros para echarse en la mar desesperados de la suya.»

No habia trascurrido un mes déla carta anterior, cuando en 7 de Junio de i52oescribia Villalobos desde Valladolid al clavero D. Diego de Guevara, una carta interesantí- sima por varios conceptos. £1 clavero de Calatrava, que tal oficio desempeñaba D. Diego, era hijo segundo del primer señor de Salinillas, D. Pedro Vélez de Guevara, que lo era á su vez del Conde Oñate (D. Iñigo), quien fundó para aquél ese mayorazgo y casa (i). López de Haro dice que don Diego de Haro casó con una señora alemana, de quien tuvo, entre otros hijos, á D.*^ Juana, que casó con el Marqués de la Corzana. Del tenor de esta carta resulta que este señor salió de Barcelona acompañando á Xeures y que permaneció en Alemania mientras estuvo allí el Emperador, en cuyo tiempo contrajo, sin duda, el matrimonio de que habla Salazar.

Pero lo más notable de esta carta es la mención y juicio

(i) Nobiliario de López de Haro, tomo I, ]>ág. 5oo.

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que ya se hace en ella de las Comunidades y de las revueltas que por entonces habia, no sólo en Castilla, sino en casi toda la Península, de las cuales pinta Villalobos el siguiente cuadro:

tLa república de Spaña anda trastornada: juzgados y sentenciados los jueces, y hechos jueces los juzgados; lot señores solos son los vasallos, y las Comunidades son los señores. Hay la mayor disensión que nunca se vio, en la mayor conformidad que nunca se oyó; la discordia y la con- cordia tan juntas y entretexidas, que entre no hacen diferencia los anos hijos de los otros; los más ruynes de los pueblos mandan ahorcar por justicia á la misma justicia y á los que tienen voz y apellido del Rey, y como tal edificio sobre flacos cimientos, es forzado que brevemente perezca hasta que no quede teja sobre teja, si la venida del Rey se dilata.»

Sin duda influia en el ánimo de Villalobos, para trazar tan negra pintura, el espectáculo de los desordenas y de las atrocidades que entonces se cometieron: entre otras víctimas de aquellos tumultos, lo fué con muy especiales circuns- tancias el aposentador del Rey Católico Garci-Juirey gran amigo y corresponsal de Villalobos, como antes se ha visto, el cual, por estas causas, escribe, en la carta de que se hablando, á este propósito estas significativas palabras:

Todos estos dias estoy muy triste y muy quebrantado con la desastrada muerte de nuestro amigo Jufre, que padeció su cuerpo martirios muy crueles y corrió su alma peligro de otros peores.» La ocasión de esta atrocidad y sus circunstan- cias, dignas de ser conocidas, las refiere Sandoval (i) tomán- dolas de una relación de la Comunidad de Burgos, donde em- pezaron los tumultos en el mes de Junio de este año de 1S20; siendo el cabeza de los amotinados el cuchillero Bernal de la Rixa. Después de haber acometido los amotinados la casa del Condestable (2) y la del procurador que habia sido de la ciudad en las últimas Cortes, Garci-Ruiz de la Mota, se diri-

(1) Vida del Emperador Carlos V,

(3) Es la famosa casa llamada del Cordón, que todavía existe en Burgos, aunque en grave peligro de ser demolida*

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gieron á la de Jufre, según resulta del siguiente relato: lY con el mismo ímpetu fueron y derribaron la casa de un aposentador del Rey llamado Garci-Jofre, el cual, aunque era natural de Francia, auia mucho que servia al Rey Católico y al Emperador. Estaua casado y auezindado en aquella ciudad. Contra el cual, indignados solamente porque el Emperador le auia confirmado la tenencia de la casa y castillo de Lara, que Burgos pretendia ser suya, y se la pi- dieron, y él dijo que tenia aquel castillo por el Rey, que no lo podia dar sino á él, fueron para le matar. Y no paró en esto la fiíria popular comenzada contra él, porque auiendo el triste Jofre halládose allí aquel dia, que yua con el Emba- lador del Rey de Francia, como Jofre vio que le derribauan las casas, fuese para Lara diziendo que esperaua en Dios de tomar venganza y de hazer sus casas muy mejores con los dineros de los Marranos que se las derribauan, y de sus huesos auia de hazer los cimientos, y la cal auia de amasar con su sangre. Sabido esto en la ciudad (que se lo dijo un carbonero á quien Jofre lo dixo en el camino) embiaron tras el secretamente á cierta gente de á cauallo, y alcanzáronle en un pequeño lugar, Viuar del Cid, tres leguas de Burgos, y allí lo prendieron, sacándolo de una iglesia; y el cura sacó el Santo Sacramento, rogándoles que por aquel Señor en quien creyan le perdonasen, mas no aprovechó; antes le hirieron junto al altar. Acudieron algunos caualleros á ver si lo podian librar de sus manos, y los que más hizieron fueron Gerónimo de Castro y Pedro de Cartagena. Y Pedro de Cartagena, que era muy valiente y discreto cauallero, comen<;ó á burlarse con ellos y desafiarlos á luchas y saltos, y con esto los entretuuo para que allí no hizieren pedazos al pobre Jofre, mas no bastó, y Iraxéronlo preso á Burgos, y metiéronle en la cárcel; en la cual, á golpes y heridas, lo mataron luego, y atado de los pies lo llevaron al suelo de su casa, dándole de estocadas. Y uno le dio una por entre los huesos, y no pudiendo sacar la espada, puso el pié sobre él como si fuera un perro, y tiró de la espada. Y assí muerto, le trageron arrastrando por las calles, y lo ahorcaron colgán- dole de los pies y la cabera abaxo. »

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Aun no habian pasado dos meses después de escrita esta carta, cuando tuvo Villalobos la desgracia de perder á su mujer, que murió de parto en Rioseco durante la ausencia de su marido, que se hallaba en aquella ocasión en Zamora, ciudad que consideró siempre como su patria. De este triste suceso dio noticia Villalobos á la Marquesa de Denia en carta fechada en Rioseco el i5 de Agosto de i52o. Era esta señora de la ilustre familia del Almirante de Castilla, se llamaba D." Francisca Henriquez y era prima hermana del Rey Cató- lico D. Fernando, que la casó con D. Bernardo de Sandoval y Rojas, segundo Marqués de Denia y primer Conde de Lerma, el cual, justamente en la época á que este suceso se reñere, combatió y venció al ejército de la Comunidad que se habia apoderado de Tordesillas, donde estaba retraída la Reina D.^ Juana al cuidado de los Marqueses de Denia. los cuales tenian del Emperador aquel encargo de tan gran con- fianza. En medio del tono jovial y hasta chocarrero que tienen ordinariamente las cartas de Villalobos, forma notable contraste el que reina en ésta que dirigió á la Marquesa de Denia, á quien dice: «A cinco dias de este mes mi mujer, criada y servidora de V. S., hizo su fin de la misma manera que ella lo negociaba en vida, y por muy arrebatada que le vino la muerte, no la pudo hallar desapercibida para la jornada, porque siempre andaba á punto de partir. Murió tan gloriosamente, que en toda esta tierra ha dejado espanto

y dolor Y porque yo no conocia ni agradecía á Dios

la merced que con tal mujer me hacía, quitómela degracia- damente viniendo de Zamora á la nueva de su parto, habiendo caminado la noche con propósito de tomalla entre los brazos y hacelle mil regalos. A la puerta de la casa me dixeron como la mañana de antes la habian enterrado.»

La ternura de sentimientos y la pena que estas palabras demuestran son uno de los rasgos del complicado é intere- sante carácter de Villalobos, festivo en el trato de las gentes, melancólico y tierno en el fondo de su alma.

Desde la misma villa de Medina de Rioseco, que era por entonces su residencia ordinaria, escribió Villalobos con fecha 22 de Enero del año de 1 52 1 «á D.* María de Toledo, en

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la Corte de Alemania, 9 y, aunque no de un modo seguro, puede creerse que esta señora era hija del primer Duque de Alba, D. García Alvarez de Toledo, y de D.^ María Enríquez, porque, como resulta de cuanto dicho, no sólo era Villalobos familiar muy íntimo del Duque de Alba, sino que por su medio y conducto tenía estrechas relaciones y quizá parentesco con la larga y esclarecida familia de los Enriquez. Esta señora, que fué dama de la Reina Católica D.* Isabel, casó con el segundo Conde de Feria, D. Gómez Suarez de Figueroa (i), magnate que acompañó mucho al Emperador, de quien fué muy favorecido.

Villalobos en esta carta extensa noticia del estado de Castilla, donde las Comunidades estaban en el momento de mayor poder, que, por otra parte, fué tan efímero, aunque á los que presenciaban los sucesos les causara grandísimo temor, como lo demuestran estos conceptos del atribulado físico:

«La vida que de un mes á esta parte he tenido es andar armado cada noche por la ronda desde las doce hasta la mañana, porque tenemos cobrado tan gran miedo á la Comu- nidad, que no pensamos que anda por los caminos, sino que vuela su exército por los aires y que es una alimaña encantada que traga los hombres vivos Ha traido los dias pasados arrin- conados los Grandes en sus barreras, que le dexan todo el coso sin haber quien ose echalle una vara, y trae la Santa Junta un Obispo que sus hazañas son dinas de perpetuar memoria. Dos dias que no se desarma ni de dia ni de noche, y duerme una hora no más sobre un colchón puesto en el suelo, arrimada la cabera al almete; come las más veces cauallero en un cauallo saltador que trae; ármase de tantas armas, que el peso dellas es incomportable; ha combatido tres ó cuatro fortalezas, y él es el primero que llega á poner fuego á las puertas; entonces su excelentísima señoría delNixo de un carro, y sobre el carro trillos ó puertas en que recibe los esquinazos; pónese á gatas con todo el peso y ocupación de sus armas, tirando del carro más que quatro

(1) Nobiliario de López de Haro, lib. IV, pág. 222 del tomo I.

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hombres; y á cada esquinazo que le arrojan, dice: «¡Ojalá! muchas gracias te doy, bendito trillo.» Y si es puerta, dice: «Dexa essa, á otra puerta.» Pone su fuego, y después, por desuiarse presto de la llama, toma el trillo á cuestas, y asi vestido en pontifical, sale fuera y santigua la fortaleza con su artillería. Sus congoxas y vascas y su furor con los caua- Ueros y sus enemistades con Dios y con el próximo, que es la perfecta charidad, todo ello parece de la librea del infierno; rescata y roba por los lugares, y háceles entender que les la vida y que Dios le envia por la saluacion y universal reparo del Reyno.»

No es halagüeño este retrato del Obispo de Zamora, como hecho por pincel enemigo; pero de todas suertes, idea de lo que era un Prelado guerrero, como hubo muchos, hasta que con la conquista de Granada fueron arrojados los moros del Reino; y si bien Acuña fué tal vez el último Obispo que manejó las armas en Castilla, todavía, por desgracia, en otros tiempos ha habido eclesiásticos que las han empuñado para terciar en otras discordias civiles, revelando más condiciones de soldados que de ministros de una religión de paz y de mansedumbre.

Toda esta carta es interesantísima, y sin duda la escribió Villalobos para que llegasen á noticia del Emperador las grandes perturbaciones y la ruina d& Castilla; por eso dice al fin de ella lo siguiente: «Assí que esta enfermedad del pueblo no tiene cura sin la presencia del Rey; y si ésta tarda, los miembros están tan corruptos, que presto llegará el daño á la cabe(;a.»

No fué necesaria la presencia del Emperador para que, rehechos los Grandes del Reino, que aún no habian perdido sus hábitos guerreros, formasen ejército más disciplinado que el de la Comunidad, que no era sino una muchedumbre confusa, como lo probó la rota de Villalar, á que se siguió luego la conclusión de aquellos tumultos, que si hubiera sido posible convertir en ordenada y enérgica protesta, tal vez hubieran salvado las libertades públicas, aunque era muy difícil en aquellas circunstancias evitar el creciente desarrollo del poder real, que habia ya sojuzgado á los Grandes convir-

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tiéadolos en dóciles instrumentos de su política, y que anuló también la influencia de las ciudades y villas, que decla- rándose enemigas de los caballeros, facilitaron el triunfo de la Monarquía, que no tuvo después límite alguno en el ejer- cicio de su autoridad omnipotente.

El temor que las Comunidades inspiraban á los partidarios déla Monarquía y de la Corte, fué, sin embargo, grandísimo, Y de él pruebas evidentes, no sólo la carta de Villalobos de que se ha dado noticia, sino otra del mismo sin fecha, dirigida al Obispo de Falencia; los sucesos que en ella se narran indican claramente que debió escribirse en el mismo año de i52i, y probablemente después de la que dirigió á D.^ María de Toledo, aunque por aquellos mismos dias, pues en ella habla también el físico en términos burlescos de su miedo y de sus ocupaciones militares. Por otra parte, ayuda á determinar esta fecha la circunstancia de que el Obispo de Falencia, á quien la carta de que se habla diri- gida, no pudo ser otro sino D. Pedro Ruiz de la Mota, de la ilustre familia de Burgos, de este apellido, de cuya ciudad era natural el Obispo, según González Dávila (i), quien dice de él que fué maestro en Sagrada Teología, eminente predi- cador y del Consejo del Emperador Maximiliano, limosnero del Emperador Carlos V y de su Consejo de Estado; sirvióle en Flándes, en Alemania y España; presentóle para el Obis- pado de Badajoz; de esta Sede fué promovido para la de Falencia, y de ella tomó posesión en 22 de Agosto de i52o, probablemente por procurador, porque se infiere que en aquella época estaba con el Emperador en Alemania, pues volvió en su compañía y desembarcó con él tocado de una calentura lenta que le vino siguiendo hasta llegar á Herrera de Pisuerga, del Obispado de Palencia, donde le esperaba la muerte, que le llevó á mejor vida en 3o de Setiembre de 1 522. Como á D.* María de Toledo, noticia Villalobos á este Prelado del estado de Castilla, y para poner en su punto la narración, termina su carta en estos términos:

tDe puedo decir á V. S. que de puro miedo he perdido

(I) Teatro EclesidsticOy tomo 11, pág. 182.

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el sentido, y viene la cosa tal, que ando armado lo más del tiempo. La otra noche, á las dos horas que andaba por la ronda en la ordenanza de un capitán, y porque no le entendí bien quando me dixo que calase la pica, llamóme cabrón. Dije yo: «Esso merezco yo por dexar mi oficio de matar y tomar el vuestro, que me maten; cierto, á estas trasnochadas

ganaua su hacienda el puto de mi abuelo ;• y este ardid

de guerra hiciéralo yo de muy buena gana, porque tenía gran miedo; que nos hauian dicho que á media legua Uegaua ya todo el exército de la Junta con tres culebrinas gruesas y un canon pedrero y un Obispo de Qamora y otros diez tiros medianos, y no nos venía socorro de Tordesillas, donde estaba el Almirante con toda la gente.» Como se vé, el Obispo Acuña era el terror de los enemigos de la Comu- nidad y le cuenta Villalobos entre las piezas de artillería de su ejército.

Viudo Villalobos todavía de buena edad y en estado de fortuna envidiable, aunque con frecuencia se quejaba de su mala suerte, era natural que le asediasen los que por incli- nación, por interés ó por miras piadosas se dedican á con- certar bodas. Esto resulta claramente de la carta picana y desvergonzada que escribió Villalobos en 1 8 de Febrero de 1 521 á la Sra. D.*^ Francisca Sarmiento, que sin duda pertenecia á la ilustre casa de los Condes de Santa Marta, del Reino de Galicia, la cual se enlazó con las principales de Castilla; á esta señora decia con su natural donaire Villa- lobos: tTomando este papel para escribir á V. S., llegó aquí de camino un casamentero conocido mió y hablóme de achaque de casamiento. Dame gran priesa para que luego me parta, porque hay peligro en la tardanza, según la dili- gencia que otros traen por llevalla. Deñéndome del con dalle á entender que no me puedo determinar sin cónsul- tallo primero con V. S.» No era este, sin embargo, el ver- dadero objeto de la carta, sino un medio de provocar la risa de la señora y mover su ánimo para lo que más adelante expresa Villalobos en estos términos:

«Lo otro que yo entendia escribir aquí era suplicar á V. S. que tomase tan de veras la cobranza de mi libra-

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miento, que mi criado venga con buen recaudo de los dine- ros, que 6i vuestra intercesión no me vale, nunca el Almi- rante me hará esa merced ni otra que valga menos, porque en saber que soy de su tierra le tengo enhastiado, y esto no es sino por su gran humilad, que se tiene en tan poco, que todas sus cosas piensa que son las más ruines de todas. Sin duda este libramiento debia proceder de sus salarios de médico de Palacio, y como el Almirante habia quedado, en unión con el Condestable y el Cardenal Adriano, encar- gado de la gobernación del Reino durante la ausencia del Emperador, debia intervenir más ó menos directamente en los asuntos de Hacienda; Villalobos tenía, como se ha visto y se verá después, con este magnate íntimas relaciones; pero siempre habla de él en tono agridulce y le pinta como hombre tacaño, poco amigo de hacer favores y de tal condición, que, como suele suceder de ordinario, despreciaba las cosas y las personas de su tierra, por lo cual, según refiere Villalobos en esta misma carta, prefería á los de Castilla los médicos catalanes, de cuyo saber y pericia tenía muy menguada idea el físico castellano. También se muestra en esta carta des- contento de la Condesa de Medina, y dice que no quiere encargarle su negocio porque está toda empleada en ejerci- cios religiosos. Estas razones alega Villalobos para que doña Francisca Sarmiento ponga gran diligencia en la cobranza de su crédito; pero tales estaban por entonces las cosas en Castilla y tal era la escasez de dineros que en ella se sentia y de lo que el Tesoro público sufria más que los particula- res, que es de suponer que no lograse Villalobos el inme- diato cobro de sus salarios. Así se infiere de la carta que en 4 de Abril de este mismo año de i52i escribió, también desde Medina de Rioseco, al Almirante de Castilla, y que parece respuesta á alguna de este magnate en que se discul- paría de no haber satisfecho las reclamaciones del físico, pues éste le dice: «En muchas cartas me ha prometido y plantado V. S. grandes mercedes, y con la sequedad de esta primavera no han prendido ni echado fruto. Dizen que quando V. S. promete mucho, es menester buscar otro que cumpla las promesas, porque entrambas cosas no las

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puede hacer uno solo. Yo sirvo en vuestra casa por todas las vías y fuerzas que mi persona puede bastar; la paga de esto otro la Ueuara, porque tampoco caben en uno solo entrambas cosas. Tan descansado queda V. S. después de hauerme scripto sus esclarecidas razones, como yo quedo despagado de mis negros trauajos.i»

La carta inserta en los Problemas, con la cual envió V/Villalobos desde Valladolid al Arzobispo D. Alonso Fonseca ^el «diálogo que passó entre un Grande de este Reyno de Castilla, estando con el frío de la quartana, y el Dr. Villa- lobos,» fué sin duda escrita antes de Abril del 1324, pues en esta fecha D. Alfonso de Fonseca dejó de ser Arzobispo de Santiago por haber tomado, como se ha dicho, posesión de la mitra d¿ Toledo, á que le elevó el Emperador Carlos V por sus méritos y por la influencia de su poderosa familia.

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V.

RETÍRASE VILLALOBOS DE LA CORTE.

En la correspondencia que se conserva y conoce de Villa- lobos hay, después de la carta dirigida al Almirante, un paréntesis de cuatro años que no es difícil de llenar, y en los cuales no parece probable que sufriera grandes vicisitudes el insigne físico del Emperador; vuelto éste de Alemania, desembarcó en Santander el i6 de Julio de i522, y con su presencia y su hábil y prudente política, devolvió la tran- quilidad á estos Reinos, iniciándose entonces una época de paz interior que ha sido la más larga que desde sus orígenes ha gozado España. La unión entre sus naturales y los Prín- cipes de la Casa de Austtia fué tan estrecha, que durante dos siglos los españoles consideraron como suyas las causas que eran peculiares de aquellos Príncipes, y sabido es que lucha- ron con indomable valor durante dos siglos en todas las regiones de Europa, defendiendo los derechos patrimoniales de la dinastía austríaca, en mucha parte no sólo distintos, sino opuestos, á los verdaderos intereses nacionales. La gloria del poderoso Emperador Carlos V ofuscó á España, que llegó bajo su reinado al apogeo de su poder y grandeza, pues no sólo parecia que la victoria era su esclava, sino que mientras asentaba su poder en Europa se extendia el terri- torio de la Monarquía por el Nuevo Mundo, sometiendo á su cetro en aquel continente los Imperios de Méjico y del Perú, más grande cada uno de ellos que la Europa entera.

Es, pues, de suponer que Villalobos, desde el año de 1 522 hasta el de i525, ejerció su oficio en la Corte y alcanzó en

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ella gran valimiento por su saber, por sus letras, y, sobre todo, por sus donaires, que, como se infiere con entera cla- ridad de las cartas de que se hablará luego, eran muy del gusto del Emperador y de los Grandes de su Corte, aunque Villalobos afirma con repetición que no le fueron de gran provecho. En tales circunstancias y tan favorables, sufrió Villalobos una contrariedad, en la que es de suponer que oo tuviera poca parte su carácter: fué el caso que el Emperador dio preferencia como médico, sobre los demás de su cámara, á un joven de nación italiana y conocido bajo el nombre de Narciso; según la opinión de Villalobos, era este moco de pocas letras y de menos pericia en la medicina, y, sin em- bargo, ganó la confianza del César, fenómeno frecuente en el ejercicio de esta profesión, en el cual no son siempre el saber y la experiencia lo que constituye el crédito de los médicos, sino el capricho y hasta la moda, de lo cual se han visto y se ven cada dia ñ'ecuentes y de ordinario tristísimos casos por las consecuencias que esto puede tener para los pacientes. Era natural que esta preferencia injusta ofendiese vivamente á un hombre como Villalobos, de claro enten- dimiento, de gran valer en su facultad y en quien no res- plandecia la humildad, ni siquiera la modestia, como se deduce de lo que se ha referido de una de las cartas dirigidas al Almirante, en que le dice que tenia en el entendimiento muchos senos en que cabian envoltorios de diversas cosas, contestando á aquel magnate, que le habia dicho que sólo entendiese en la medicina.

Es de suponer que con motivo de una enfermedad que padeció el Emperador en el año de 1 524, ocurrieron graves diferencias entre Narciso y Villalobos acerca del tratamiento á que habia de someterse al ilustre enfermo, á lo que alude Sandoval (i) en estos términos: «El Emperador, como arriba se ha visto, estaua en Valladolid al tiempo que el Rey de Francia se puso sobre Pavía, y teniendo aviso de lo que sus capitanes hauian acordado, y aprouándolo, escribió luego al Infante Archiduque de Austria, su hermano, para que ayudase

(I) Vida del Emperador Carlas V, lib. Xil, pág 618.

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y^Tortciese la venida, de los alemanes. Visto que los vene- cimoB querían estar A la mira y que el Papa se inclinaua á la piite francesa, embió á dar la mejor orden que pudo para que de Ñipóles y de España su campo fuese socorrido de dinero. Y hilo otros proveymientos necessarios. Y puesto en estol agriado9^ le sobrevino una penosa enfermedad de jÉartanas, para remedio de la qual pareció d los médicos pit no era huen lugar Valladolid, y por su consejo acordó k reverte á Madrid, como lo hijo; y antes de su partida embió á la Infanta D.* Catalina, su hermana, á Portugal para cddnr las bodas con el Rey, como estaua concertado. Ueuáronla á la ciudad de Vadajoz D. Aluaro de Zúñiga, Duque de Vejar, y el Obispo de Sigüenza, donde llegaron á It acompañar D. Juan Alonso de Guzman, Duque de Mcdina-Sidonia, y D. Francisco de Zúñiga y Sotomayor. Conde de Venalcá^ar, que después fué Duque de Vejar por ser casado con D.* Teresa de Zúñiga y de Guzman, sobrina del Duque de Vejar. Y llegaron á Vadajoz los Infantes de Portugal y otros señores y caualleros de aquel Reyno á la receñir, á los quales fué entregada y se effectuó aquel casamiento. Y fué una de las excelentes Reynas que tuvo en su tiempo el mundo. Partida la Reyna, el Emperador vino d Madrid, donde tuvo la Pascua de Navidad j^ fin del año ( 1 524) con no pequeño enojo de su enfermedad^ gran cuidado de la guerra de Italia, proueyendo para ello todo lo posible. »

Este enojo sería causa muy principal de las disputas y diferencias de los médicos, porque sabidos son los que pro- duce una enfermedad larga en cualquier familia, y mucho más tratándose de paciente tan ilustre y cuya vida era tan preciosa. Sin duda estas circunstancias motivaron la resolu- ción que tomó Villalobos de retirarse de la Corte con gran \ sorpresa de los que la formaban, como expresa el Almirante ^ en carta que le escribió desde Medina de Rioseco el 1 5 de Abril de i525, en la cual le dice: «A toda Castilla teneys espantada, señor doctor, de la mudanza que haueis hecho, porque todos los médicos cuentan por suma felicidad viuir con el Emperador y seruir á S. M. con su oñcio, y vos,

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teniendo tan buen lugar en la Corte, tanta cabida con todos los Grandes y tan buen salario en la Casa Real, hauerot salido de la Corte tan determinado y desterrado de vuestra naturaleza, donde vos teneys tantos y tan buenos feligreses, por viuir en Extemadura, tierra inculta é inhabitable, aunque sea en casa de tan gran señor y tan estimado como es el señor Marqués de Pliego, cosa es, cierto, de gran misterio, y en que vos estáis obligado de dar á todos razón y cuenta de tan gran novedad para no caer de la estima en que por vuestras letras y discreción érades tenido.»

Como se en esta carta, un personaje tan insigne como lo era el Almirante, testimonio del alto concepto que en su tiempo alcanzó Villalobos, especialmente como médico, pues á él debia que en su patria, esto es, en Castilla, tuviera tantos y tan buenos feligreses; sin duda en su calidad de tal, y también por sus letras y discreción, por lo que «tenía tan buen lugar en la Corte y tanta cabida con todos los Grandes,» de donde resulta que carece de fundamento la especie vertida por algunos escritores de que Villalobos fué desgraciado en el ejercicio de su profesión y no logró en ella gran concepto ni resultados halagüeños.

La carta del Almirante de que se hablando ofrece una prueba más de que Villalobos no era del Reino de Toledo, como alguien ha dicho, y es tan directa y concluyente, que no debe omitirse: refiriéndose aquel magnate á la retirada de Villalobos á Extremadura, dice: «Si fué cosa accidental de algún enojo ó agravio que re<^ebistes, más cerca pudiérades tomar la satisfacción, porque si vos queréis veniros á vivir á Vailadoiid, que es el riñon de vuestra patria, los seño- res que están en esta comarca, y yo con ellos, os daremos doscientos mil maravedís de salario.» Valladolid era ya por entonces, tanto ó más que Burgos, la verdadera capital de Castilla la Vieja, como lo prueba el haberse reunido muchas veces en ella las Cortes de aquel Reino bajo el reinado del Emperador Carlos V.

Dio cumplida respuesta Villalobos á la carta del Almirante en otra muy desenfadada, y casi pudiera decirse insolente, fecha en Zafra il lo de Mayo de i525: dice en ella que su

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resolución no fué tan súbita ni tan desconocida de la gente, pues la habían sabido los caballeros de Zaragoza y de Valen- cia» que le requirieron para que estableciese allá su casa; nueva y concluyente demostración del universal y favorable concepto que alcanzaba Villalobos en todos los Reinos de España: mostrándose además quejoso y agraviado de los de su patria, después de decir lo que antecede, añade en su res- puesta: «Usía ni los Grandes del Reino de León no pueden en este caso pretender ignorancia, pues que entre ellos y pasaron muchas cartas* sobre esta razón, y para más cierta información de todo, yo ñií personalmente á visitar al Conde de Benavente, que á la sazón estaba enfermo, y pasé por casa de V. S., y presencialmente os notifiqué cómo yo determi- naba no estar en la Corte por físico, donde Maestre Narciso era el caudillo de todos los médicos imperiales, mancebo italiano de muy pocas letras y de ninguna experiencia, que pocos dias que le conocimos mo<;o de D. Hernando de Castriote (i); después assentó de viuienda con Maestre Luys, físico de S. M., y ahora exercita la prefatura y tiranía de la medicina tan absolutamente, que en la Cámara de S. M. no entra ni sale otro médico sino aquel que le obedece en todos sus desvarios. Y si de ellos no dependiesse la vida de muchos hombres, yo le obedecería, porque soy más ruin que él, mas hacíaseme conciencia lisonjear á un hombre de poco valor, con muerte de hombres muy valerosos, y señaladamente con peligro de la vida del César, á quien él tuuo, por sus errores, en peligro de muerte de la más liviana quartana que en estos años hauemos visto.» Estas últimas palabras están confirma- das por lo que antes se ha trascrito acerca de la enferme- dad que sufrió el Emperador á fines de 1524, referida por Sandoval, y de la que habla P. M. de Angleria en carta diri- gida al Arzobispo lusentino desde Valladolíd en el mes de Agosto (2), siendo muy de notar que ningún biógrafo de

(1) Marqués de Civita de Sant'Angel, que murió en la batalla de Pa- vía, según algunos, á manos del mismo Rey Francisco I. Oviedo le dedica d diálogo 58, batalla 3/ de la 2.' quinquagena.

(3) La referida carta empieza con estas palabras: MQuartana pressum ha^emus Ccesarem, Tristis est curia. Parum negotiatur,9

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Villalobos baya dado noticia de este suceso de su vida, mien- tras casi todos suponen que se retiró de la Corte con motivo de la muerte de la Emperatriz, sin que exista razón alguna para suponerlo, y, por el contrario, todo indica que siguió en ella años después de aquel triste suceso, retirándose al cabo definitivamente por su propia voluntad, y tan bienquisto del Emperador y de los Grandes como lo fué siempre el ilustre físico.

En la carta de que se haciendo referencia repite Villa- lobos sus quejas contra el Almirante y sus acusaciones de poco generoso, pues le dice: tMas parece que no queréis com- prar los buenos esclavos cuando se os ofrecen, sino esperar que se mueran de hambre por hauellos de balde;» aunque al fin de la carta reconoce que el Almirante, con todas estas tachas, es mejor que los otros, y que por eso no dejaría de reconocer el servicio y vasallaje que le debia. Es digno de notarse que el autor de las Quatrocientas respuestas al Almirante, en la que dio á la pregunta de éste, que lleva el número 279, sobre lo que debia hacer para enmendar su vida y dar buena cuenta á Dios, le dice:

«Y en saber lo que deueys tal diligencia se Ueue qual vemos que la poneys en la renta que tenéis y en cobrar lo que se os deue. Que no es de justa consciencia olvidar lo que deuemos y ponello en negligencia buscando con diligencia deudas viejas que cobremos.»

De seguro que si D. Fadrique hubiera sido un maniroto, como suelen serlo los grandes señores, no hubiera sido nece- sarío que Fr. Luis D'Escobar le diese este consejo, sino tal vez el opuesto.

Unida á la carta de Zafira iban varias coplas en que Villa- lobos contestaba á las que el Almirante le habia dirigido con

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la suya; de todas se ha hecho mención para demostrar el orí- gen judío de Villalobos, pero una de ellas confirma también lo que se ha dicho acerca del año de su nacimiento, pues dice:

« Cincuenta añas he remado con vientos y tempestades buscando mil vanidades.»

Y como esto se escribió en el año de i525, resulta que empezó á remar en el proceloso mar de esta vida terrena hacia el de 1474.

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VI

VUELVE VILLALOBOS A LA CORTE.

Pronto cesó el enojo que determinó la retirada de Villa- lobos de la Corte, pues sin que se sepa la ocasión ni el motivo, se le de nuevo en ella en el año de i526. Sin duda coad- yuvarían al mismo fin las gestiones de los Grandes y el arrepentimiento de Villalobos, que echaria muy de menos el trato de los cortesanos en su retiro de Zafra, porque á su edad y con la cultura de su entendimiento, no le podia ser muy agradable la conversación de los rústicos en una época en que ya florecian en la Corte de Castilla muy peregrinos ingenios, asistiendo en ella, además de los natu- rales, otros insignes literatos extranjeros. Precisamente coin- cide con la breve ausencia de Villalobos y con su vuelta á Palacio el estar acreditado como Embajador cerca de la persona del Emperador el célebre Andrea Navagiero, que representaba á la República de Venecia, á quien por cierto dedicó Fracastoro su poema Sífilis, posterior á las famosas Coplas sobre las pestíferas bubas, de Villalobos. También se hallaba entonces en España, como Nuncio del Papa, el Conde Baltasar Castiglione, autor del renombrado libro titulado El Cortesano y que tradujo maravillosamente á nuestra lengua Boscan, quien residia en aquellos dias entre los palaciegos como ayo del que fué luego Gran Duque de Alba, según consta en la carta á la Duquesa de la Soma, que al frente de las poesías á la italiana de Roscan, com- puestas, según él mismo dice, siguiendo las indicaciones de Navagiero. Contábanse entre otros, en el séquito del gran

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Monarca, Lucio Marineo Sículo, Pedro Mártir de Angleria y otros insignes humanistas españoles y extranjeros, y es claro que quien lo era tan entusiasta como Villalobos, habia de echar en las dehesas de Extremadura muy de menos aquella culta y áuQ reñnada sociedad, compuesta, además, de grandes Príncipes y magnates, por lo que á este propósito dice Sando- val en su Vida del Emperador, que la Corte de España era la más concurrida y magnífica de aquel tiempo, y para darle aún mayor esplendor, estaba entonces prisionero en Madrid el Rey Francisco I de Francia, siendo el giayor^ trofeo de la_ gloriosa victoria alcanzada en Pavía por las armas imperiales! Aunque para ello no exista ningún dato, es de presumir que cuando el Arzobispo de Toledo, con otros magnates y lucidísimo acompañamiento, marchó á Badajoz á recibir á la Infanta D/ Isabel de Portugal, que á ruego de las Cortes de Castilla fué la única esposa del Emperador Carlos V, acudiera desde Zafra el Marqués de Priego á formar parte del brillante séquito que para honrar á la futura Emperatriz se reunió en aquella ciudad, y que con él fuese Villalobos, quien, olvida- dos sus agravios, volvería á ser médico de Palacio, pues como se verá luego, la Emperatriz Isabel le mostró en adelante particular afecto, siendo el físico de su maLjpr confianza.

Sea de esto lo que fuere, es lo cierto que en Diciembre de 1 526 Villalobos escribió desde Madrid al Comendador griego Hernan-Nuñez Pinciano una de las cartas más inte- resantes y curiosas de cuantas se conservan del ilustre mé- dico. Habia éste publicado en 1524 unos Comentarios á los dos primeros libros de Plinio, que fueron impresos en Alcalá por Miguel de Eguía, y habia enviado un ejemplar de su obra al famoso helenista pidiéndole su parecer sobre ella. El Co- mendador, severísimo Aristarco, contestó en los términos más acerbos y descorteses á Villalobos, y haciendo alarde de una erudición que tiene mucho de pedantesca, le decia: «El que ha de entender á Plinio y mostrarse parte competente para escribir sobre él, ha de tener, si no me engaño, estas partes: ha de ser mediano philosopho y más natural que moral, pues que él escribió historia natural, y philosopho no de burlas ni de Joanes Andrés, ni de Versorio ni de Coronel, sino philoso-

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pho aristotélico, y que haya visto todas sus obras Sobre

todo esto, y lo más principal, ha de ser gran latino y griego, que sepa muy bien todos los rincones y particularidades de

entrambas lenguas Délas susodichas cosas, ¿qué parte os

toca, señor, á vos? Nadie hay que mejor lo sepa que vos mis- mo, que pues curáis las enfermedades agenas, de creer es que no ignoráis las vuestras. Una cosa os decir: que si como os consejaste con los que decís en el principio de vuestra obra, el Papa Adriano, los del Consejo Real, el Comendador mayor Hernando de la Vega, el Licenciado Vargas, Pedro Mártir y otros, de los cuales unos son imperitos de estas fa- cultades, y per consequens ineptos para ser jueces en ellas, Ovot xara Ti]v >.upauy hoc est asifii üd lyram , otros grandes señores, que, como ellos, nunca de nadie quieren oir verdad, tampoco la quieren decir á nadie; así que, si como os aconse- jasteis con éstos os aconsejáredes con tal montaraz como yo, que no tiene que perder sino la capa en el hombro, no oviera padecido vuestra hacienda, ni lo que más es de doler, vuestra honra, tanto detrimento.» Parece achaque inherente á los que hacen profesión de gramáticos esta destemplanza y acrimonia en los juicios, y esta soberbia y vanidad por lo que saben, que hizo famosos en la antigüedad á Aristarco y á Apolonio Discolo, y que no ha dejado de tener en España dignos repre- sentantes, de los que quizá no hayan sido los últimos don Antonio Puigblanch y D. Bartolomé José Gallardo.

No era hombre Villalobos que llevase con paciencia tales insultos, y contestó á ellos como dicho, desquitándose con razón, sin duda, pero con poca mansedumbre y con menos modestia, dando con esto ocasión á hacer públicas interesan- tes noticias de su vida y escritos. Empieza su carta recha- zando y negando la competencia de Hernan-Nuñez en la materia, después de hacer notar que el romance de su carta no era tan primo como el que habia puesto en el Comentario 6 Glosa de los trescientos refranes, dícele luego que habia dejado de comunicarle su obra, porque casi toda ella era de filosofía natural y de las cuatro artes liberales que usa la demostración; y como en esto no le habia visto nunca dar puntada , pensó que iba fuera de su jurisdicción; pero sar-

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cásticamente confiesa que se ha equivocado, y que no sólo es, según de si mismo dice, en dichas doctrinas facundísimo, mas ante su ingenio seráfico, á todos los demás entendimien- tos (quantunque doctissimi sint) á unos llamaba indoctos, á otros ineptos y á otros asnos, y entrando en el fondo del asunto, sostiene Villalobos que para entender un autor, si ha sido vertido en otras lenguas, no es necesario conocer la suya, y que los errores y omisiones de traductores y copistas los suple y enmienda el que domina la materia á que la obra se refiere: opinión excesiva, pues si no es de absoluta nece- sidad, nadie puede negar que la crítica filológica es gran auxilio para la inteligencia de cualquier escrito, y en la época presente más que en la de Villalobos, en que ya empe- zaron estos estudios se les gran importancia, pues estu- vieron, como los demás, muy abandonados en la Edad Media, en cuya época se conocía á Aristóteles por las exposiciones de Averroes, y á Hipócrates y á Galeno por las de Avicena; pero Villalobos era, á pesar de sus estudios y de su entendi- miento, hombre de su época, y siguiendo lo que en ella se creía, dice en la respuesta á Hernan-Nuñez:

•Desta manera tengo puestos en limpio muchos libros de Galeno, y señaladamente los de Virtutibus naturalibus, que es una obra de muy pocas hojas; y si hubiere algún griego que, por su original, dentro de seis meses la entienda, yo me obligo por ésta, firmada de mi nombre, de le dar cient duca- dos, v No ha llegado hasta ahora á encontrarse esta obra de Villalobos, que sería interesantísima para la historia de la medicina patria, porque quizá fuese el primer intento hecho en ella para sacudir el yugo de la medicina arábiga, anun- ciando el movimiento hipocrático, de que Valles fué, sin duda, el más ilustre representante. Por lo demás, es sabido que la mayor parte de los textos latinos y griegos que desde el descubrimiento de la imprenta empezaron á publicarse, estaban corrompidos hasta el punto de que algunas obras, muy especialmente la Historia natural de Plinio, los libros de Aristóteles sobre las partes de los animales, y otros, resul- taban casi del todo ininteligibles , y justamente es gloria de nuestra patria que en ella, poco después que en Italia, em-

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pezaran , aunque sin los elementos necesarios, á hacerse las correcciones de esos textos, habiéndolas hecho Heman-Nuñez muy interesantes al mismo Plinio y á Pomponio Mella, si bien no se publicaron sino mucho después de la fecha de esta carta (i), por lo que, rechazando Villalobos el consejo que le daba el Comendador de que no prosiguiera su trabajo de cementar á Plinio, le dice: aPor esta vez, con perdón de vuesa merced, no tomaré su consejo, en que me mandays hazer silencio en la glosa de los libros siguientes; tal consejo como este nunca Dios quiera que yo $e lo á Vmd., sino exhor- taros á la scriptura, y no que todo sea palabras, sino doctrinas sustanciales y sólidas^ porque los que deseamos ser vuestros discípulos gozemos de los hondos secretos sacados de ese po^o inexhausto de sabiduría, que mucho mayor y más generosa virtud sería reprehender á los otros con la su- blimidad de vuestra doctrina que con la baxeza de la suya, porque lo primero es mantener y lo segundo morder: esto pertenece á las fieras y aquello á los inmortales, y pues que la sapiencia especulativa os hizo en vuestros tiempos unigé- nito suyo, y todo el resto del mundo son expurios y bastardos, ingratitud le habéis cometido más de cincuenta años arreo en no hauernos comunicado algunas migajuelas.»

( I ) La primera edición de la obra de Hernan-Nuñez es como sigue:

Portada grabada en madera (en folio menor), y en el centro el escudo de armas del Obispo Bobadilla.

Observationes-Fredenandi Pintiani Professoris utriusque lingus éí humanorum studiorum in indita Academia Salmanticensi, in loca obscura, aut deprauata historis naturalis C. Plinii cum retractationibus quorundam locorum geographis Pomponii Melae. Locisque alus non paucis in diversiis utriusque- lingus auctoribus, vel castigatis vel expositis a nemine hactenus animadversis.

Impresss in urbe clarissima Salmatica in ofñcina eximii virí Joanis Giuntae. Jussu et impensis Reuerendissimi in Christo patrís & illustrisimi antistitis. D. Francisci Bobadilis. Episcopi Cauriensis. Archidiocani Tole- tani &.* Anno MDxliiij mense lanuario. Cum privilegio nequis exudataut vendat.

A la vuelta una advertencia.

Sigue en la segunda hoja una carta del autor al Obispo de Coria, Bo- badilla, que ocupa dos hojas , á la que sigue la respuesta de Bobadilla al Pinciano, que ocupa la hoja siguiente.

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Como arriba se ha visto, Hernan-Nuñez se manifestaba en su carta condolido de que Villalobos hubiese gastado su dinero en la impresión de su Comentario á Plinio, y para tranquilizarlo en este punto, el médico del Emperador le dice: t Y quiero consolaros de la jactura de mi hacienda, que tengo siempre mil ducados sobrados que derramar por esas calles en todo lo que á me agradare, y éstos no me sobran viviendo por ordinario, sino teniendo muy buenas muías y acémilas y muchos aforros y muchos sclavos y sclavas, y con lo que S. M. me manda pagar muy bien, cada año tengo trescientos mil maravedís de salario. Bien que direys que nunca medre quien me los dá.9 Aunque en esto haya alguna jactancia, en el fondo no puede menos de ser exacto, pues no babia de mentir Villalobos en cosas que debia saber todo el mundo, y, por tanto, á pesar de sus lamentaciones y de lo que, apoyados en ella, han dicho algunos, el Emperador pagaba espléndida y puntualmiente á Villalobos, no obstante los apu- ros del Erario, y éste vivía, no ya con holgura, sino con mag- nificencia y con todo el aparato de un señor de la Corte.

No son menos interesantes, sobre todo para los literatos y aficionados á libros, las noticias que acerca de la publica- ción del Comentario d Plinio se dan en esta carta; á renglón seguido se lee en ella: «En lo de esta impresión el Licenciado Vargas ayudó en sus dias con cient ducados, y dos mercaderes de Sevilla que tienen trato en Florencia y en Roma tomaron la mitad de la obra en lo que costó. A me cabrá doce ó quince ducados; por éstos no se mese Vrad., que acá los cumpliremos cayendo y levantando. Digo cayendo enfermos y levantándolos yo: awícwm contrario.» Las comunicaciones literarias eran ya muy frecuentes entre españoles, italianos, franceses y flamencos, hasta el punto de que se reproducían ó se imprimían por primera vez obras españolas en Roma, en Venecia, en Ambéres, en León de Francia y en París, y tam- bién era frecuente que grandes señores ó personas que, sin serlo, tenían afición á las letras, costeasen las ediciones en todo ó en parte, como en esta ocasión lo hizo el Licenciado Vargas.

No había de dejar sin réplica Villalobos lo tocante á su honra, y sobre esto dice:

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tDel muy amargo y lacrimoso dolor que Vmd. tiene de la cayda de mi honrra, no cómo pueda consolaros. Nuestro Señor Jesuchristo, por los méritos de sus plagas, os consuele y se duela de vuestros pecados. Mas en este artículo también quiero deziros una cosa: que en esto de la honrra no hay una regla general á todos, porque la honrra del pellejero es hacer buenos puntos en la gamerra, y sobre esta razón passan ellos entre grandes competencias y congoxas. Ninguna cosa destas toca á la honrra de un cauallero, sino aprouecharse bien de las armas y muy poco de las palabras. En esta com- paración están los gramáticos y los philosophos: los de vuestro triunvirato; porque no puse bien algunas palabras de gramática y otras que tocan á sus Florisandros y Explan- dianes, con que gozan de la niñez siendo viejos, tiénenme por el más amenguado hombre del mundo; yo en haber cumplido con los philosophos y artistas, tanto, que ellos lo entiendan bien, aunque lo escriuicra todo bárbaro no se me daria nada, porque assí lo hazía Plotino, que fué tenido por más excelente hombre que Platón; así que éstos no miran cómo ninguna sentencia entienden de cuanto está scrípto fuera del verano, y están descontentos de mi trauajo, no embargante que es mucho mayor el que tiene el uno dellos á las madrugadas quando ha jugado hasta la camisa toda la noche; con mi insuficiencia estoy consolado prcesertim, que por ella me hace honrra el mundo ingrato y desconocido, que á tal hombre deza andar hasta la vejez con la capa en el hombro.» Y abundando en estas consideraciones, dice Villa- lobos más adelante:

tYo no puedo estar quezoso de mis naturales ciudada- nos, porque este segundo libro de Plinio hasta ahora nunca se leyó todo, porque no le entendían, y muchos lugares del se llamaban mostra pleniana, y yo abrí la puerta de manera que, aunque hallen algunos defectos en la glosa, como en todas cuantas están scriptas, por ella se puede vadear el libro y leerse todo sin quedar una palabra por entender, y con tan buena orden en tantas y tan varias cosas como la tuvo Aris- tóteles en sus doctrinas, y por esta misma glosa se comentó á leer en París en el mes de Septiembre.! Mucho deben ale-

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grarse los aficionados á las letras de que no fuera en estas noticias y apreciaciones modesto Villalobos, como no lo suelen ser los que las cultivan, pues por su propio testimonio vemos que mereció alto aprecio de sus contemporáneos dentro y fuera de España, siendo una de las mayores honras á que un hombre de ciencia ó de letras podia aspirar en aquel tiempo, que sus doctrinas se aceptasen por la Universidad de París, que con las de Bolonia y Salamanca eran los tres grandes focos de donde irradiaba la luz de la ciencia por todo el mundo.

Concluye Villalobos esta carta anunciando á Hernan- Nuñez que se verán muy pronto, que tratarán ampliamente estas materias, y que haria á los estudiantes de Plinio algu- nas lecciones en partes donde nunca las oyeron, siendo muy de notar el siguiente rasgo de injusta soberbia y desmedida presunción de Villalobos: «De aquí adelante (dice al Comen- dador), si algunas cartas nos escribimos en latin, Ueuarme heys tanta ventaja en la sublimidad de la eloqüencia quanta es del cielo á la tierra; mas yo os la Ueuaré tan grande en el entendimiento y llaneza del sermón quanta es de la tierra al cielo, y pues nos hauemos de ver en la pellegería de Sala- manca, no digo más.» No hemos podido encontrar rastro de la especie de certamen á que en esta carta se alude, pero no hay nada que indique que Villalobos dejase de ir á Sala- manca, centro á que acudían ya por entonces todos los que aspiraban á que fuesen aceptadas sus doctrinas científicas, exponiéndolas y discutiéndolas ante el concurso de ilustres catedráticos y alumnos que mantenían allí vivo el entusiasmo científico. Justamente por aquel tiempo, ó poco más adelante, el insigne P. Las Casas procuraba que se examinasen en Salamanca sus doctrinas sobre los indios, materia que tan vivamente discutió con Juan Ginés de Sepúlveda y con otros teólogos y filósofos.

Ya se ha dicho que probablemente Villalobos se uniria al séquito que acompañó á la futura Emperatriz de Badajoz á Sevilla, donde se celebró el matrimonio del César; apoya esta conjetura una alusión al convento de cartujos de Santa María de las Cuevas, cerca de aquella ciudad, que hace en una de sus cartas. La Corte fué luego á Granada á pasar el

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verano, y de allí, á fines del año, á Valladolid, donde llega- ron los Emperadores después de un viaje muy lento, sin duda por el estado interesante en que ya estaba D.* Isabel. A prin- cipios del siguiente de 1527 nació allí el Principe D. Felipe, y en el siguiente de 1 528 la GSrte se trasladó á Valencia, porque, como antes se ha dicho, no habia sido jurado don Carlos Rey de aquel Reino por haber tenido que precipitar su viaje para tomar posesión del Imperio en i52i, desde cuya fecha tantos y tan importantes sucesos habian estorbado que se cumpliese este requisito, como se hizo al fin el 4 de Mayo de i528. Con este motivo se celebraron en la ciudad conquistada por el Cid y por el Rey D. Jaime grandes fiestas, y para dar noticia de ellas escribió Villalobos desde Valencia en 17 del mismo mes al Arzobispo de Toledo D. Alfonso de Fonseca, que lo fué antes de Santiago, según se dijo al escri- bir sobre otras cartas que le habia dirigido siendo Fonseca Prelado de la iglesia compostelana, ocupada sucesivamente por tres individuos de esta familia, lo que dio lugar á que el Cardenal Cisneros, cuando los Reyes Católicos trataban de conferir aquel cargo á este D. Alonso, dijera con su santa libertad que lo mejor sería declarar la iglesia de Santiago feudo de los Fonsecas; pero como esta familia era muy pode- rosa y habia prestado grandes servicios en tiempos difíciles á D. Fernando y D.* Isabel, y como continuaron teniendo sus individuos gran favor en la Corte, el Emperador, después del breve Pontificado del flamenco Croix, elevó á la Silla primada de España á D. Alfonso, digno además de tan alto puesto por sus calidades , entre las que brillaban su amor á las letras y su protección á los que las cultivaban, lo cual explica muy en favor suyo las relaciones que siempre mantuvo con Villalo- bos, y que fueron tan intimas como demuestran las tres dedi- catorias del Comentario al segundo libro de Plinto, dirigida á este ilustre Prelado. En la primera de ellas cuenta Villalobos que hablando en Burgos con el Arzobispo Fonseca, éste le manifestó su predilección por Plinio y el deseo de que se aclarasen sus lugares oscuros; Villalobos dijo que él lo habia intentado, pero quesus ocupaciones en la Corte, que por su pobreza no podia abandonar, le impedian consagrarse á estas

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tareas; más adelante fué huésped del Arzobispo, y en aquella ocasión emprendió el trabajo que por este motivo le dedica.

La carta en que Villalobos daba noticia al Arzobispo Fon- seca de las fiestas celebradas en Valencia, está fecha, como se ha indicado, en esta ciudad el 17 de Mayo; la primera de que habla es un auto de fé, y acerca del asunto dice:

tEl primer juego de los principales fué el jueves 14 de este mes, en que por la mañana se quemaron i3 hombres y mu- jeres con otra multitud de státuas, y hubo muchos recon- ciliados, y aunque id per jocum factum est, miseris tamen patíentibus serio preuertebatur. Aquí pagan muy bien á los oficiales que se introducen en los actos de estos juegos, mas yo de mala gana fuera persona en esta scena.» Son de notar en estas palabras las que dedica en idioma latino á los que padecian aquel tormento que se ofrecia en espectáculo al público, y además la última frase, que sin duda le fué ins- pirada por el recuerdo de la persecución que él mismo sufrió de parte de la Inquisición y del temor de que pudiera volver á ser victima de ella á causa de su origen judío (i).

Aquella misma tarde hubo juego de cañas, en que el Em- perador tomó parte y salió el más esmerado jugador de todos, y el más gentil hombre , por lo cual no faltaba sino que las damas de la ciudad le adorasen; éstas brillaron en el baile que hubo dos dias después, hasta el punto de oscurecer á las de la Corte: y la fiesta hubiera sido preclarísima si no la hubiera oscurecido la noticia que llegó de Italia del desastre de la armada que mandaba O. Hugo de Moneada en las aguas de Salerno, donde murió este Capitán y otros tan ilustres como César de Feramosca, D. Vernal de Villa-Marin, D. Pe- dro de Córdoua , Luis Guzman y otros muchos, y fueron prisioneros el Marqués del Vasto, el de Corata, Antonio Colonna, sin contar los menos ilustres (2).

(ij En el año de i855 se publicó, por la Redacción del periódico titula- do El Crisol Médico, un opúsculo titulado: Biografías de médicos per- seguidos por la Inquisición f en que por primera vez, y fundándose en la carta inserta al fín de las Congresiones^ dirigida á D. G>sme de Toledo, se noticia de la persecución de Villalobos.

(2} Sandoval, Vida del Emperador Carlos V.

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El Emperador fué en este año á Monzón á tener Cortes del Reino de Aragón que había convocado para aquella villa el I de Junio, y Villalobos, que sin duda tenía encargo del Arzobispo de darle cuenta de lo que ocurriese, le escribió el 12 de dicho mes, y la carta está casi toda dedicada al fa- moso desafío que hizo el Rey Francisco al Emperador, y del que tanto se ha hablado y escrito desde que vinieron á España los reyes de armas Guiana y Clarinceo, portadores del car- i tel con que el Rey de Francia trató de lavar, no la injuria que habia recibido , sino la mancha que sobre su honra de caballero habia echado él mismo, faltando á los más solemnes compromisos y á su palabra de honor, á pesar de haber dicho al Emperador, en el coloquio que ambos tuvieron paseando por los campos de lUescas, que si no cumplía lo pactado en la capitulación de Madrid, sería lache et mechant, por lo cual, cuando supo el Emperador que no otorgaba lo ofrecido, dijo en Sevilla á los Embajadores del Rey que éste lo había hecho lachement et mechan temen t.

La carta de Villalobos es muy interesante, por que testimonio del carácter magnánimo y sereno del Emperador en estos términos: «limo. Señor: Nunca los vivos vieron un hombre tan alegre á todas horas, ni tan regocijado como está el Emperador después que está desafiado para matarse con el Rey de Francia; ni pudiera yo creer que en el linaje de los hombres habia diferencia de uno á otro en tan gran distancia como hay en este caso de á S. M., porque no tocándome ^ este negocio en la persona, de pensallo solamente me tiembla < la paxarilla en el cuerpo, y si yo uviese de salir á la batalla I con aquella bestia, por Nuestro Señor que me metiese fraile y me escondiese en las Cuevas de Sevilla y aun en las cuevas y cavernas de la Tierra.» Ya se ha dicho que aquí alude Vi- llalobos al famoso convento de Cartujos de Santa María de las Cuevas, que fundó el Cardenal Mena en la orilla derecha del Guadalquivir, en lugar muy ameno y muy cercano á las ruinas de la antigua Italia, y en cuya iglesia tuvo su primera sepultura el gran descubridor del Nuevo Mundo, Cristóbal Colon.

Para completar la idea del estado psicológico, como ahora

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se llama, del Emperador flespues del famoso desafío, conviene citar uno de los últimos párrafos de esta carta, que dice así: cSu Majestad come y duerme mejor que nunca y engorda y tiene lustre de un dia para otro, y tiene tan sabrosa conver- sación con todos nosotros, que ya estamos enhadados del y le tenemos por importuno. Y si la cosa no ha de venir á las manos. Dios Nuestro Señor sea servido en que siempre viva desafiado, porque toda la llaga y aspereza se scupa en el enemigo, y los miembros que somos suyos quedemos libres de las malas reumas y corrimientos.» Las Cortes marchaban con su acostumbrada lentitud, hija principalmente de las dificultades que siempre habia en otorgar los servicios pedi- dos, y que eran tan necesarios para sostener las guerras, que apenas cesaron un momento en aquel glorioso reinado: fué uno de estos breves períodos de paz el que siguió á las gran- des victorias alcanzadas en Italia, especialmente después que se ajustó con Francia el tratado de Cambray; pero ya empe- zaban las alteraciones de Alemania, y el Emperador, que habia residido siete años continuos en Castilla, era vivamente reclamado por sus subditos del Imperio, que esperaban que su presencia bastaria para aquietar á los revoltosos y dar splu- cioQ satisfactoria á las graves dificultades políticas y religiosas que entonces empezaron á suscitarse.

El Emperador determinó acudir á tales urgencias, y ya que los asuntos de Italia parecían definitivamente resueltos, acordó emprender su viaje á aquella Península y proceder luego á su solemne coronación como Emperador de Alema- nia, á cuyo fin, arregladas las cosas de Castilla y dejando al frente del Gobierno á la Emperatriz, partió de Barcelona el 28 de Julio de 1529 con numeroso y lucidísimo acompa- ñamiento de Grandes y caballeros, y llegó á Genova el 12 de Agosto siguiente.

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VIL

VILLALOBOS DURANTE LA AUSENCIA DEL EMPERADOR

DE I 529 Á I 53o.

Desde Valladolid, donde residia la Corte en ausencia del Emperador, escribió Villalobos en 10 de Febrero de 1 53o una salidísima carta al Duque de Nájera: lo era entonces D. Anto- nio Manrique de Lara, segundo Duque de dicho título, que fué persona de las más ilustres de su tiempo, no ^lo por per- tenecer á una de las familias más antiguas y poderosas de Cas- tilla, sino por sus cualidades y por los grandes servicios que prestó á la Nación y á sus Monarcas desde fines del siglo xv hasta el año de i535, en que falleció en su villa de Navarrete la noche del i3 de Diciembre (i). En premio de sus méritos obtuvo grandes distinciones, y entre ellas la de ser elegido caballero del Toisón en el Capítulo de la Orden que celebró el Emperador en Barcelona en 1 5 18. La carta de Villalobos, escrita en burlas, aunque no contiene noticias de carácter general y público, las en cambio interesantísimas de los personajes de la Corte, en términos harto libres y desen- fadados; así empieza diciendo sin ninguna salutación ni preámbulo:

«¿Por qué razón la Emperatriz y la Marquesa de Lombay están gordas y todas las damas han enflaquecido? Porque las unas hubieron muy buen verde, y las otras oliéronlo y no se lo dieron.»

(I) Salazar, Historia de la Casa de Lara, lib. VIII, pág, 173, tomo XX.

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Fácil es comprender el sentido de esta especie de charada; si se recuerda que la Emperatriz, al separarse del Empera- dor, habia quedado en cinta, habiendo dado á luz pocos meses adelante al Infante D. Fernando, que vivió poco tiempo. Este suceso se celebró con grandes fiestas en Bolonia, donde residia entonces el Emperador; jugáronse cañas á uso de España y sacaron cuadrillas el Marqués de Astorga y el Duque de Escalona; justaron cuatro dias arreo italianos» flamencos y españoles, y lucieron en una y otra fiesta riquí- simas invenciones (i).

Es de suponer que la Marquesa de Lombay estaria en el mismo estado interesante que la Emperatriz, y que las otras damas no se hallaban en el mismo caso, teniendo muchas, si no todas ellas, ausentes sus maridos, que habian acompa- ñado al Emperador en su viaje á Italia y á Alemania.

No necesita comentario lo que sigue en la carta de Villa- lobos:

«¿Por qué razón (dice) todos los casamientos de las damas pararon en sólo el del Marqués de Astorga? Es porque ellas quedaron muy malas de contentar y el Emperador muy escarmentado de prometer.!

En la época á que pertenecen estos sucesos, los Reyes eran los casamenteros de los Grandes, disponiendo sus matri- monios como lo estimaban conveniente, y el no obedecerlos en este punto era cosa grave y de trascendencia, como lo demostró lo ocurrido justamente al Duque de Nájera, á quien esta carta iba dirigida, y que refiere Sandoval en estos tér- minos:

«Daré fin á este libro contando un caso que en este año (1529) uviera de poner en cuidado y vandos los mejores de Castilla, por ser notable y por lo que debo á los Mar- queses (Duques) de Nájera. Doña Luysa de Acuña fué hija y sucesora de D. Henrique de Acuña, Conde de Valencia, Alcayde de las torres de León, nieto de D. Juan de Acuña y de Portugal, Duque de Gijon, á quien mató con una porra

(i) Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, lib. XVIII, pár- rafo 4.*, pág. 74, tomo XX.

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D. Juan de Robles, su cuñado. Pretendieron casar con ella D. Manrique de Lara, el Marqués de Astorga y el Conde de Mayorga, primogénito de Benavente. Sobre esta pretensión huuo entre estos caualleros y sus parientes muchas pesa- dumbres, y por ataxarlas mandó el Emperador que traxesen á O.* Luysa á su palacio hasta que se determinase con quién hauia de casar. I>espues escribió á D. Juan Tabera (que ya era Cardenal), Presidente de Castilla, desde ^Barcelona á 26 de Julio, año de 1529, que la depositassen en un monasterio donde más segura estuviese. Hízose el depósito en Santo Domingo el Real de Toledo, y estando allí depositada por el mes de Agosto de 29, ó, según otros dicen, siendo trayda á instancia de la Priora, que la pidió á la Emperatriz por tres ó cuatro dias para tenerla en el Monasterio. D. Alonso Manrique, Arzobispo de Sevilla, Cardenal y Inquisidor general, hijo de D. Rodrigo Manrique, Maestre de Santiago y Conde de Paredes, persona, demás de ser de tan alta san- gre, que hauia hecho señalados servicios á los Reyes, desseaua que D. Manrique casase con O.* Luisa. Para esto concertó que D. Manrique y un capellán llamado Muriez fuesen muy de mañana al locutorio de las monjas. Dixo también á don Rodrigo de Abalos, su sobrino, capellán mayor de la capilla de los Reyes nuevos, que le esperase á la puerta del locutorio. Poco después llegó el Arzobispo, y llamando con los artejos de la mano en la puerta del locutorio, se abrió y cerró, sin que nadie viese, de los que acompañauan al Arzobispo, quién le abría ni cerraua. Luego mandó á su caudatario diesse la falda á D. Rodrigo, y entróse dentro. Estaua aderezado un altar en el locutorio por la parte de fuera, y las rejas se qui- taron de manera que pudo salir O.* Luisa. Dijo el capellán misa y velólos en presencia del de Seuilla y de D. Rodrigo, que tenia una fuente con las arras. Hecho esto, el Arzobispo se volvió á su casa, y dizen que lleuó los novios consigo. La Emperatriz sintió esto grandemente, y el Emperador. El Arzobispo perdió el de Toledo, que vacó presto, por esta razón. Otros dizen que porque negoció mejor D. Joan Tabera con D. Francisco de los Couos, que pretendia el Adelanta- miento de Cazorla.»

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Para completar este cuadro de las costumbres de aquel tiempo, conviene reproducir lo que sobre este mismo suceso refiere Salazar, que además idea de la magnificencia del Duque de Nájera, á quien dirigió varias cartas Villalobos sobre los sucesos de la Corte de Castilla por el año de 1 529 á i53o.

«A estos años corresponde lo que del Duque D. Antonio dixo la Emperatriz D.* Isabel, y anda impfeso en la Floresta española, pues como estando S. M. y Carlos V en Toledo, pasase el Duque á visitarlos con grande acompañamiento de deudos y domésticos adornados de riquísimas libreas, la Emperatriz, que gustó de ver su entrada, dixo á los que le acompañauan: Mds viene el Duque á que le veamos que á vernos.

•Recreciósele grande disgusto el año de 1329 con el casamiento que el Conde D. Manrique, su hijo, celebró con D.* Luisa de Acuña, hija y heredera del Conde de Valencia, porque no sólo fueron extrañas las circunstancias de esta boda, pero las hacía más gravosas el estar el Conde capitu- lado antes. con D.* Aldonza de Urrea, su prima hermana, hija de los Condes de Aranda, y tener ya un hijo en aquella señora. Por este suceso estuvieron presos muchos meses D. Rodrigo y D. Bernardino, hijos del Duque; fueron des- terrados de la Corte el Cardenal D. Alonso Manrique, Ar- zobispo de Sevilla, y la Duquesa de Nájera: y el Duque, des- pués de dos años de asistencia en la Corte para la solicitud de este negocio, no hallando que la Emperatriz, estando ausente Carlos V., lo determinaua por gouierno, ni que el Consejo de Castilla, á quien se sometió el exceso de sus hijos, tomaua resolución por justicia, embió á Alemania á D. Juan Manrique, su hijo, y á D. Francisco, su hermano, después Obispo de Orense, para que, valiéndose de una instrucción que les dio, supiesen la voluntad del Emperador. Esta dili- gencia facilitó la libertad de D. Rodrigo y D. Bernardino, y cometiéndose á los jueces eclesiásticos lo que tocaba al matrimonio del Conde con D.* Aldonza de Urrea, pudo el Duque bolverse á su casa, donde le hallamos en Nájera á 2 de Noviembre de iS32, dotando en el Monasterio de Santa

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Maria la Real de aquella ciudad, la memoria perpetua de que todos los sacerdotes que dijesen misa en el altar mayor, fuesen obligados á decir un responso sobre la sepultura del Duque D. Pedro, su padre, y de D. Manrique, su hermano, que es cerca de dicho altar. Lo cual dice que habia de ser por servicio de Dios y descanso de las almas de dicho Duque y de la Duquesa Guiomar de Castro, y de sus abuelos y her- manos: y á ello se obligaron el Abad y monjes de aquella casa, y lo aprobó el M. Rdo. Sr. D. Fr. Alonso de Toro, Abad de San Benito de Valladolid» (i).

No suele Villalobos ser en sus escritos muy benévolo con las mujeres, aunque hizo un elogio especial de ellas como en descargo de su conciencia, y buena prueba es de esto lo que dice en la carta á que se haciendo referencia:

«¿Por qué razón la hermosura de la Duquesa de Frias es más nombrada que las otras hermosuras? Es por la misma razón que la pequeña riqueza en el hombre que no toca en ella es mucho mayor que la gran riqueza en los hombres gastadores.»

La Duquesa de Frias á que se refíere Villalobos no puede ser otra sino D.* Juliana Angela de Aragón y Velasco, mujer de D. Pedro Fernandez de Velasco, cuarto Condestable de Castilla, tercer Duque de la ciudad de Frias, quinto Conde de Haro y Camarero mayor del Rey, que durante esta ausen- cia del Emperador habia quedado por Capitán general del Reino. Este matrimonio, en que los cónyuges eran primos hermanos, no tuvo sucesión, y quizá á esto alude Villalobos al decir lo que dice de la hermosura de la Duquesa:

«¿Por qué razón (dice Villalobos en esta misma carta) el Conde de Monterey presume de gentil hombre? Es porque nació feo.t

Trátase aquí de D. Alonso de Acevedo y Zúñiga, tercer Conde de Monterey, señor del Estado de Viedma y Ulloa, que, cuando se escribió esta carta, estaba en Bolonia acompa- ñando al Emperador, á quien siguió á Alemania; hallándose en el socorro de Viena; era uno de los magnates más ricos y

(i) S alazar y Castro, Casa de Lara, tomo 11, Ub. VIII, pág. 175.

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ostentosos de la Corte (i)* y por eso, sin duda, dice Villalobos que presumía de gentil hombre; que fuese feo no consta en las crónicas del tiempo; pero sin duda lo sería cuando Villa- lobos hace notar esta circunstancia.

No es difícil determinar quiénes fueron D. Juan y don Francisco Manrique de Lara, de quienes habla Villalobos en esta curiosa carta, diciendo del primero:

t¿Por qué razón D. Juan Manrique de Lara no viene á la Corte? Por no enamorarse otra vez. » Y del segundo:

«¿Por qué razón D. Francisco Manrique sólo está rico entre los Manriques? Porque es mucho mayor la renta que el gasto.»

Tengo por cierto que ambos eran hijos de ganancia del Duque D. Pedro, llamado el Fuerte, y, por tanto, hermanos bastardos del Duque de Nájera, á quien la carta dirigida, pues consta que D. Pedro tuvo hijos de varias mujeres, y entre ellos menciona López de Haro, en su Nobiliario, á don Alvaro, D. Luis, D. Felipe, D. Jorge, D. Juan, D. Claudio Clavero de Alcántara, D. García, Canónigo y Tesorero de Toledo, D.* Ana, D.* Catalina y D.* Inés.

Don Francisco fué Obispo de Salamanca y de Sigüenza, y González Dávila de él estas noticias:

tNació en el año r5o3, en la muy noble villa de Nájera; fueron sus padres D. Pedro Manrique de Lara, primer Duque de Nájera, y D.* Guiomar de Castro. Crióse en la casa de su tío el Cardenal de Burgos. Leuantóse en Castilla el alboroto de las Comunidades, y D. Francisco fué con 3oo hombres á defender los Estados de su padre; y en su defensa se mostró valeroso y prudente. El Emperador le mandó dejar la espada y que tomase el hábito clerical, y le dio título de Capellán mayor de la Capilla Real de Granada. Y en el tiempo que residió en su Corte le mandó que le dijese misa, por la buena presencia que tenía y devoto modo de decirla. Con este título le envió á Francia á tratar de pazes con el Rey Francisco. Asentólas, y vuelto á España, le presentó para el Obispado

(i) Nobiliario de López de Haro, tomo I, lib. V, pág. 577.

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de Orense en el año i S42, y asistió en el Concilio de Trento, y donó á su iglesia la cabeza de Santa Constanza y ornamen- tos para el servicio de sus altares. Gouernando su Sede ganó sentencia contra la ciudad de Orense, de ser el Obispo, y los que le sucediesen verdaderos señores de la ciudad, y sus términos en las jurisdicciones civil y criminal, y manda al Consejo, Justicia y Regidores de la ciudad no perturben este derecho, so graves penas. Siendo Obispo de Orense, acom- pañó al Rey de Bohemia, D. Fernando, desde España hasta Alemania, y dejándole en su Corte, pasó al Concilio de Trento. Bolvió á España, y desta iglesia fué promovido para la de Salamanca; y ñié el último Obispado que presentó el Emperador antes que renunciase el Imperio y las Coronas, y tomó su posesión en 1 1 de Junio de i556. Recibió en Laredo á la Reyna María de Ungría, y á la Reyna Leonor de Fran- cia, y las acompañó hasta Valladolid. En el govierno de su obispado fué marauilloso Prelado. No huuo necesidad en todo él que no la socorriese la misericordia de su piadosa mano. En persona visitaua las casas de muchos pobres, y ninguno dexó de participar del fruto de sus limosnas. En el año de i36o, en 1 3 de Abril, fué promouido para la de SigÜenza, de que tomó posesión en 6 de Agosto, y llegando á Toledo á besar la mano al Rey, murió en esta ciudad en 1 1 de Noviembre del 1 36o, en cincuenta y siete de su edad, y diósele á su cuerpo sepultura en el convento de San Juan de los Reyes, de religiosos Franciscos.»

Aunque cuando se escribió esta carta todavía no era don Francisco Manrique Obispo de Orense, era ya Capellán mayor de Reyes en la Catedral de Granada, pues con esta calidad fué á tratar las paces con Francia, que se ajustaron en Agosto de 1 329, y sin duda gozaba pingües beneficios eclesiásticos que le producían las rentas de que habla Villalobos, más grandes que sus gastos, porque siendoclérígo no podían ser tantas como las de un caballero de alta alcurnia asistente en la Corte.

Termina Villalobos en esta carta la serie de los Manri- ques, diciendo:

«¿Por qué razón el Duque de Nájera engendra más que el Condestable? Porque no es tanfrío.»

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Además, y como se ha visto por los hijos legítimos y bas- tardos que tuvo su padre el Duque D. Pedro, le venía de casta á D. Antonio el ser prolífico.

Continuando su curiosa enumeración de magnates y caba- lleros, dice Villalobos:

«¿Por qué razón el Conde de Oñate e% frió y habla mucho? Porque no está sano.»

Era este Conde de Oñate cD. Pedro Velez de Gueuara, segundo Conde de Oñate, señor de la casa de Gueuara y otros vasallos, en quien tuvo fin el señorío del valle de Lénis; sucedió al Conde D. Iñigo, su abuelo, en la casa y señorío de Oñate; sirvió, antes de gozar de su casa y Estados, á los Reyes Católicos y á los Reyes D. Phelipe I y D.* Juana, y al Emperador D. Carlos, su hijo, Rey de las Españas, en las alteraciones de estos Reinos, con mucho valor, y en las demás ocasiones de su tiempo, como se escriue en la primera parte de la Crónica de este Príncipe, fól. 210; casó con D.* Mencía de Velasco, hija de D. Iñigo Fernandez de Velasco, Condes- table de Castilla, y de la Duquesa D.* María de Touar, su mujer. Marquesa propietaria de Verlanga.t El dar por razón de hablar mucho este Conde de Oñate, que no estaba sano, indica, al parecer, que no gozaba de su cabal juicio, ó quizá que chocheaba, como vulgarmente se dice.

Picana es la cuestión que propone Villalobos y que resuelve en estos términos:

t¿Por qué razón el Conde de Paredes hizo hijas tan her- mosas? Porque les cupo muy poco de la pieza.»

Hablase aquí de D. Rodrigo Manrique de Lara, tercer Conde de Paredes, á quien dedica Salazar el cap. VI del libro X de su obra sobre la Casa de Lara, y en él dice que ya en un privilegio dado por los Reyes Católicos en 1482 le llaman Conde de Paredes de Nava; tuvo las encomiendas de Alhambra y Solana en la Orden de Santiago y siguió el par- tido del Rey Católico en las diferencias que tuvo con su yerno D. Felipe el Hermoso. En tiempo de las Comunidades se unió con su gente al ejército de los Gobernadores en Medina de Rioseco, y tomó parte en las operaciones, que terminaron con la derrota y sumisión de los comuneros; después de estos

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sucesos hizo su habitación contínua en Villa-Palacios y Vi- Uaverde; murió en aquella villa el 6 de Enero de iS36 y fué sepultado en el monasterio de San Francisco, de Villaverde; casó dos veces: la primera con D.* Isabel Fajardo, y la segunda con D.*^ Ana de Jaén, que después se llamó Manrique, criada de su casa, aunque de noble y limpio origen; de ambos matrimonios tuvo muchos hijos y otros naturales, y las hijas, cuya hermosura pondera Villalobos, fueron D.* Leonor Man- rique, que casó con D. Luis de Guzman, cuarto señor de la Algava; D.* Luisa y D.^ Isabel, que fueron religiosas en el convento de Calabazanos; D.^ Mencía, que casó con D. Luis de Vich, señor de las baronías de Laurin y Matada en el reino de Valencia, Camarero del Emperador, y D.* Magda- lena, que casó el año de ib34 con D. Francisco de Monroy, Conde de Deleitosa. Estas fueron hijas de D. Pedro y de D.* Isabel Fajardo, de quien, entre hembras y varones, tuvo nueve hijos; en su segunda mujer, D.* Ana, tuvo otros seis, y entre ellos á D.^ Juana Manrique, que casó con el capitán Jerónimo Aliaga, que fué uno de los conquistadores del Perú; además de estos i5 hijos legítimos llegó á tener hasta 32, y de los i7 bastardos fueron hembras D/ Mariana, D.* Fran- cisca, D/ Aldonza, D/ Margarita, D/ Luisa, D/ Inés y D.* Catalina; casi todas ellas fueron religiosas, y la última casó con Diego Ruiz de Solís, Comendador de Villanueva de la Fuente en la Orden de Santiago, Visitador general de la provincia de Castilla y Gobernador del Campo de Montiel. Tal fué la larga descendencia de este verdadero Patriarca^ que además tuvo la gracia de engendrar hijas muy her- mosas, según nos dice Villalobos, que continúa su carta de este modo:

a¿Por qué razón el Adelantado de Castilla es tan cuerdo? Porque trocó las costumbres con el estado.»

Ejercia á la fecha de esta carta el Adelantamiento mayor de Castilla D. Antonio Manrique, sobrino del Duque de Nájera, de su mismo nombre y apellido, que fué Adelantado porque se casó con D.* Luisa de Padilla, señora de las villas de Santa Gadea, Soto-Palacios, Coruña, Calatañazor, Villo- veta y otras, en cuya casa habia vinculado esta alta dignidad

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el Rey D. Enrique IV; los herederos de ella, que tomaron el apellido de Padilla con preferencia al de Manrique, fueron más adelante Condes de Santa Gadea. Sin duda D. Antonio Manrique habia sido mozo alegre y ligero antes de celebrar este matrimonio, mediante el cual no sólo mudó de estado en la acepción que ordinariamente tiene esta frase, sino por haber adquirido el que tan alta dignidad le daba. Según Salazar, fué de los pocos Grandes que concurrieron á las últimas Cortes generales de Castilla celebradas en i538, y ano de los doce primeros Diputados que el martes 6 de Diciembre nombró por votos el brazo de la nobleza para eicaminar las proposiciones de aquellas Cortes. A 25 de Julio de 1542 le escribió el Emperador desde Monzón, diciéndole que tuviese prestas 20 lanzas de hombres de armas, los mejores que hubiese en su casa y tierra, pagados por cuatro meses, para enviarlos á la parte que se le avisase; pues, aun- que otras veces habia servido y podia servir con mayor número, S. M. queria reducirlo á aquél para su mejor apresto; y estando todos sus subditos obligados á interesarse en la defensa de sus Reinos , tocaba esto señaladamente al Adelantado por ser principal parte en ellos. En efecto, en esta época el Emperador se disponía á la guerra de Alema- nia, que tan gloriosamente concluyó, y por ir él en persona tenían, según fuero y costumbre, obligación de acompañarle los Grandes, títulos y caballeros de Castilla.

Vivía aún el Adelantado D. Antonio Manrique en el año de i55o, en que D." Inés Carrillo de Acuña hizo su testa- mento dejándole cierto legado; pero, según Salazar, falleció antes en i56o(i).

Esta es, en resumen, la biografía de los personajes de que habla Villalobos en su carta de 10 de Febrero de i53o, diri- gida al Duque de Nájera.

Otra carta de Villalobos al mismo Duque aparece fechada en 26 de Octubre, y por los sucesos que en ella se refieren es evidente que fué escrita en ese día del mismo año de 1 53o. Hablase en ella de la llegada á Ocaña, á donde se habia

(1) Salazar, Casa de Lara, lib. XI, cap. IV.

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trasladado la Corte, del Conde de Benavente y del Mar- qués de Astorga, el cual había acompañado al Emperador á Italia. Sabido es que á fines del año anterior de 1&29 Carlos V ajustó una paz universal, en que entraron casi todos los Principes cristianos, quedando sólo excluidos de ella los luteranos y Florencia; después de esto, y en virtud de la reconciliación y amistad con el Papa Clemente VII, que tan enemigo habia sido hasta entonces del Emperador, se verificó la ceremonia de la coronación en Bolonia con una solemni- dad y magnificencia extraordinarias el 22 y 23 de Febrero. Terminadas las cosas de Italia, se disponía el Emperador á marchar á Alemania, y en 7 de Marzo mandó volver á España al Marqués de Astorga y al Duque de Escalona, enviando con ellos al Condestable de Castilla cartas en que daba cuenta de todo lo sucedido (i). Lo largo y penoso del viaje y las detenciones del camino explican que el Marqués de Astorga no llegara hasta fines de Setiembre ó principios de Octubre á Ocaña, y que en esta fecha diera noticia del suceso Villa- lobos al Duque de Nájera. Hablase también en esta carta de la enfermedad del Emperador como de cosa ya pasada, y, en efecto, no se sabe que el César tuviera en aquel año más dolencia que la que padeció en Bolonia antes de la corona- ción, sobre la cual dice Sandoval: «Dióle al Emperador estos dias una enfermedad de esquinancia, de que se vio bien fati- gado, y se tuvo algún temor de su salud, no tanto por ser la enfermedad muy peligrosa, quanto por ser mal heredado de padre y abuelo. Pero con el fauor divino y con la ayuda del Dr. Narciso guareció pronto de ella.» No califica del mismo modo la enfermedad Villalobos, el cual dice: «Bien sabemos que está bueno S. M., aunque tuvo unas fuertes tercianas;! pero como no le asistió en esta dolencia, y estaba tan lejos el paciente, no podia tener de ella más noticias que las que le suministraban los familiares del Emperador, y es de creer que fuera una afección de la garganta y de las vías respira- torias, que reconocía por causa su temperamento humoral hereditario, porque en varias de las cartas que en este mismo

í I) Sandoval , Ub. XIX, párrafo i3.

año de i53o escribió desde Roma al Emperador el Cardenal García de Loaysa (i), su confesor, le dice qtie se le oye el fecho desde lejos, y que, por lo tanto, se prive de comer pescados y otros manjares que le eran dañosos, consejo que nunca siguió el Emperador, cuyos desórdenes en la comida fueron parte muy principal de sus enfermedades y de su muerte, como se prueba por la relación de su residencia en Yuste, donde falleció.

Dos veces habla Villalobos en esta carta de D.* Catalina de Mendoza, en términos que hacen suponer que mantenia con el Duque de Nájera, ya anciano, relaciones más que amistosas, pues dice primero: «Mas la Sra. D/ Catalina de Mendoza virgen está después de vuestra partida; no si lo hace por guardar á V. S. la debida lealtad, ó si es porque quedó flaca y muy desganada de la quartana doble que ha tenido;» y más adelante añade: «Ayer, á<ia mesa de la Empe- ratriz, D.* Catalina de Mendo<;a vio la carta de V. S. y rego- cijóse, aunque anda siempre melancólica, tomada del diablo, y dijo que érades más gracioso en ausencia que en presencia. Digo: Todos los vinos de Navarrete tienen eso, que son mejo- res cargados que al tapón.» Por este tiempo residia el Duque de Nájera en su villa de Navarrete, donde murió, como se ha dicho, el año de i535, y sospecho que esta D.* Catalina es la misma que con gran encarecimiento recomienda á sus hijos en el testamento que otorgó en aquel lugar y año.

No es para reproducido el cuento de que es héroe don Alvaro de Ayala, y que se contiene en esta carta, por su extraordinario desenfando, si bien lo contó á las damas de Palacio Villalabos, y «aunque no lo entendian, porque no saben qué cosa es caualgar más que unas bestias, fué tan reido de ellas, que pensaron ahogarse.» Y por cierto que el cuento de que se trata recuerda la aventura del vizcaino referida por Cervantes en el Quijote en el lenguaje atribuido á ambos personajes, porque Ayala y el escudero de las señoras del coche eran paisanos.

(I) Colección de cartas del Cardenal García de Loysa, publicadas por Heine. Berlín, 1848.

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Es casi seguro que la carta dirigida al Dr. Xuarez desde Barcelona tiene errada la fecha, pues por los sucesos á que se refiere no pudo ser escrita en el año de i53i, sino en el de 1 533, como se demostrará luego, siendo sin duda anterior, aunque quizá no mucho, la dirigida al Duque de Nájera sin lugar ni año de fecha, pues en ella se habla de la venida del Emperador como de cosa aun no acontecida, y en la dirigida al Dr. Xuarez como de suceso ya realizado: en aquélla Villalobos noticia al Duque de una enfermedad que habia sufrido, en estos términos:

«Después que recibí una carta de V. S. no he tenido espa- cio de responder á ella, porque nuestro Señor me escribió otra en cifras, que, aunque más provechosa (si yo lo cono- cer), no fué tan graciosa como la vuestra para mi gusto, por- que las cifras eran una cólica la más cruel del mundo, de un grande apostema que me nació dentro de la tripa, el cual conocí yo y curé á poder de sangrías y de medicinas frías que si el paciente no fuera físico tal cual, siete doctores le matarian con emplastos calientes como el fuego, t Aparte del interés que esto tiene para las teorías médicas del tiempo, y para la terapéutica que en él se usaba, resulta de lo que copiado que á fines de 1 532 ó principios del siguiente año padeció grave dolencia Villalobos, y que debió ser en este tiempo, se prueba porque en la misma carta dice más ade- lante: «La Emperatriz, nuestra Señora, cum prole regia, y con toda su casa están todos buenos, á Dios gracias, y muy contentos con la venida del Emperador. Creo yo que entre las casadas que tienen allá sus maridos haurá para el verano gran tresquila de ganado.»

Sabido es que además de los Grandes, títulos y caballeros que fueron en el año de 1529 con el Emperador á Italia y á Alemania, cuando el César determinó ir en socorro de Viena salieron de España otros muchos á tomar parte en aquella gloriosa empresa, y entre ellos fueron los maridos de muchas damas de Palacio, que volvieron con el Emperador cuando éste regresó á Barcelona el mes de Abril de i533.

Vuelve Villalobos á hablar en esta carta de D.* Catalina, que es la misma señora de que se ocupa en la fechada en

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Oaha,y dice de ella: «La Sra. D/ Catalina tiene deseo de saber siesta V. S. algo vejezuelo después que se partió de id, porque dize que andábades ya á borde, y á me parece que las damas no miran tanto la vejez en el rostro quanto la consideran spiritualmente en las potencias del ánima, por- que sus mercedes son muy espirituales.» No podia ser mozo ni parecerlo el Duque de Nájera, á quien, como se ha visto, llamaban ya Duque los Reyes Católicos en 1482 y que murió de edad avanzada en i535, es decir, sólo dos ó tres después de la fecha probable de esta carta. En cuanto á la manera de juzgar la vejez que atribuye Villalobos á las damas, el lector curioso la comprenderá sin comentarios.

Ya se hizo mención del último párrafo de esta carta al tratar del origen judío de Villalobos, que habla en él de la segunda hija del Duque de Nájera, D.*^ Guiomar, á quien, como se verá luego, habian enviado á Palacio para asistir en la Corte, como era propio de su jerarquía. Esta señora, que á la fecha de la carta debia ser muy joven, casó en 1 542 con D. Antonio Manrique de Lara, quinto Conde de Paredes de Nava, señor de las villas de Bienservida, Riopal, Cotilla, Villapalacios y Villaverde, con quien los Duques D.* Juana de Cardona y D. Manrique de Lara, madre y hermano de esta señora, capitularon este casamiento en Nájera á 9 de Julio de dicho año, asignándole en dote siete quentosy ochocientos mil maravedís, en que se incluian los dos quentos de que Carlos V y la Emperatriz D/ Isabel, su mujer, le hicieron merced. Falleció la Condesa D.* Guiomaren Paredes á 28 de Julio del año siguiente de i543, y fué su hija única doña Inés Manrique, sexta Condesa de Paredes. Villalobos hace de esta señora repetidos elogios, pues en la carta de que se hablando dice de ella: aLa Sra. D.* Guiomar (Dios me la guarde, porque es honra de nuestro linaje) está muy buena, y es la más ilustre dama en gesto y en seso y en conversa- ción, que se ha visto jamás.»

De estas frases se deduce que antes de esta carta habia recibido Villalobos la que el Duque de Nájera le escribió en estos términos: tSeñor doctor, nunca pensé que tenía nece- sidad de vos hasta que vi mi hija en Palacio. Soñó el judío

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de vuestro abuelo, y no digo padre, que á la primer calen- turilla que le venga le querreys catar el hígado y aun el ba^. Acordaos, señor doctor, que podría ser de vuestra sangre, y que los mejores amigos que en este mundo tenéis somos la Duquesa y yo, excepto el Cardenal D. Alonso Manrique, Inquisidor general.» Ya hemos visto á este famoso Prelado, que además de Inquisidor general era ya Cardenal y Arzo- bispo de Sevilla, haciendo en Toledo el año de 1629 el casamiento clandestino de su sobrino el Conde de Treviño con D.* Luisa de Acuña , y al decir el Duque de Nájera que tenia gran amistad á Villalobos^ le á entender que por su cargo de Inquisidor general le libraba de las persecuciones del Santo Oficio. Por no alargar este capitulo se omiten las noticias de D. Alonso Manrique, que fué uno de los más ilustres y famosos personajes de su tiempo, el cual, habiendo estado á punto de ser Arzobispo de Toledo, murió cargado de años en su metrópoli de Sevilla el 28 de Setiembre de iS38 (i), donde el año antes el venerable Contreras, en un sermón apologético de San Ildefonso, aludiendo á las liviandades de la juventud del Arzobispo, le dijo: «Vos, Alonso y el Alonso, lo que de Alonso á Alonso.»

A esta carta contestó Villalobos con otra no menos salada que la del Duque, quien tenia gran concepto de gracioso, en estos términos:

a No osaría V. S. escribirme tales motes como estos si no tuviese tales abogados en su casa, assi que la gran con- fianza de los deudos mios, que teneys debajo de vuestras manos, os haze ser tan atrevido, y con mucha'razon, porque estas mis señoras son tales, que por su contemplación no digo á V. S. que es un villanazo de Ocon; mas al hi de puta, puta, puto de Luzero perdonarla.! Ya se sabe que este Lu- cero fué el famoso inquisidor de Córdoba, y el agravio que hizo á Villalobos fué, sin duda, su prisión, de que se ha hecho mérito al hablar de la carta latina dirigida al Obispo

(1) Véase, entre out>8 autores, ¿ Salazar, Casa de Lara, cap. XVII, libro X, pág. 446, y ¿ Ortiz de Zúñiga, Anales de Sevilla, afio de i5a4 y tiguientes.

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de Plasencia, D. Cosme de Toledo, el ro de Octubre de i5ia Después de este gracioso exordio, toda la respuesta al Duque de Nájera está consagrada á su hija D.* Guiomar, j es su texto tal como sigue:

•Y volviendo al tema de vuestra muy cuerda y muj deuota epístola, digo que jro estaba con gran rebelo que la señora Guiomar habia de venir tan bo^ dessas montanas, que en todo lo que hiciese y discese nos hauia de poner en ▼ergQenza: y es cierto que el dia primero que entró en Pdacio fué luz y espejo de todo vuestro linaje, pwque allende de ser tan gentil dama como la que más lo es, se supo tan bien tratar con las otras damas y con la Empera- triz, y tan medida en el callar y en el faaUar, y todo ello con Un buena autoridad y grada, que todos echamos mil bendi- ciones al vientre en que anduvo.» Conx> se vé, en esta carta sólo se habla de la Emperatriz, pwque sin duda duraba aún la ausencia del Emperador, y, por lo tanto, así como las dos de que últimamente se ha hablado, son anteriores al mes de Abril de i333.

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Vlll.

SUCESOS DE L.\ VIDA DE VILLALOBOS DESPUÉS DE LA VUELTA DEL EMPERADOR, EN 1 533.

De todo lo expuesto se infiere claramente que la carta dirigida por Villalobos al Dr. Xuarez desde Barcelona el 27 de Abril, es del año de i333, y no del 3i, como dice el manuscrito de que se ha copiado, pues la Emperatriz dispuso su viaje para fin de Febrero de i533; llegó al mo- nasterio de Santa Fé, de religiosos Bernardos, distante poco más de una legua de Zaragoza, el martes 4 de Marzo, entró en la ciudad el dia siguiente, haciéndosele solemnísimo re- cibimiento, y salió para Barcelona el 17 del mismo mes (i). A dar cuenta de todos estos sucesos y de la llegada á la Corte dedicó Villalobos un escrito á que alude en la refe- rida carta, en los siguientes términos:

«Señor: La Rcyna de Portugal me mandó que la escri- biese lo que acá pasaba después de llegado el Emperador, nuestro Señor, á Barcelona. Yo escribí á S. A. lo que verá por el traslado que aquí vá; por esto no diré más de contar una cosa que aconteció en mi posada la noche pasada, t Lás- tima que no se encuentre este traslado en que referiría Villa- lobos la gloriosa vuelta del Emperador después de su corona- ción y de su triunfo sobre los turcos, vuelta que, como ya se ha dicho con repetición, tuvo lugar en el mes de Abril de 1 533, viniendo de Genova, donde fué muy obsequiado por el Príncipe de Amalfi, Andrea Doria.

( 1 ) Dormer, A n ales de A ragon.

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Sin duda el Dr. Xuarez era médico de la Reina de Por- tugal . hermana de Carlos V, y el suceso que le refiere Vi- llalobos consiste en que la noche antes de escribirle habia llegado á su casa, estropeado y roto, un hijo suyo con un oegro, su compañero de aventuras y prisiones; pues según de la carta se infiere, el hijo de Villalobos, llamado Lorenzo, en doce años de ausencia, cinco habia sido soldado y cuatro cautivo. La descripción que de él hace Villalobos es chistosa: tYo no le pude conocer (dice), porque con la mala vida viene muy corcovado, que no lo solia ser, y tan negro como un etiope, y en esto parece moro; y trahe la spada arrecha. Digo: Caya, león, y en esto parece cristianillo, y trae las calzas todas rotas por el culo, y en esto parece puto, y trae la barba muy negra y muy sucia, y en esto parece cabrón, y con la hambre que trae parece perro, y tiene un dedo de la mano quemado, y viene muy necio; assí que, sobre todos los otros títulos, es también Scévola y es Bruto.»

Por lo que se vé, Villalobos logró que este hijo no fuese médico; pero siendo soldado no alcanzó grandes prosperida- des, pues al fin de esta carta dice que le costaría unos cien ducados la bienaventurada venida de este hijo.

A poco de llegar el Emperador á Barcelona adoleció gra- vemente la Emperatriz, y como el César tenía convocadas las Cortes del Reino de Aragón para el mes de Mayo en la villa de Monzón, dejó, por lo que luego veremos, al cuidado de Villalobos á la ilustre enferma en Barcelona, y se trasladó á Monzón , donde por diferentes causas se fué prorogando hasta Julio el principio de aquella Asamblea, de que larga noticia Dormer en sus Anales de Aragón. Mejoró la salud de la Emperatriz; pero, aún no del todo convalecida, marchó á reunirse con su marido, de lo cual cuenta con intere- santes detalles Villalobos en una carta sin fecha , y que no consta á quién fuese dirigida, en la cual dice lo siguiente:

«Después que Dios me hizo tanta merced que la Empe- ratriz partiese de Martorell, acordaron SS. MM. que el Prín- cipe y la Infanta no entraran en Monzón con temor de las viruelas que allí perseveran, y mandaron que yo solo viniese á estar con ellos en este lugar, que es dos leguas de Monzón.

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Y porque la c(mversacion del Príncipe es noy reposada, fuéle dado por acompañado el Príncipe de Piamonte, que ni el muy vivo azogue, ni el aguja de marear, ni el doc- tor de Melgar cuando tiene buen juego, nunca fueron tan desasosegados como el más cuerdo de estos señores.» El Prín- cipe de que habla Villalobos era D. Felipe, que apenas tenia á la sazón seis años, y ya era notable su conversación, por lo reposada^ indicio de su carácter reservado y solemne de que tanto hablan en sus relaciones los diferentes Embajadores venecianos que le conocieron en su largo reinado; entre ellos, Leonardo Donato cuenta, en su reladon al Senado, d siguiente dicho del Embajador de Francia: cEl Rey es tal» Jr que aunque tuviese un gato dentro de las bragas, no se mo- ^ vería ni mostraria alteración alguna.

Dice luego en esta carta Villalobos que la Emperatriz habia ido al pueblo donde estaban los Príncipes, y con ellos el físico, y nota que si bien tS. M. se ha holgado con sus hijos como lo manda la razón, mas con todo eso los dezará esta noche, porque habet aliam legem in membrís suis repugnatem. Quedará sola la compañía de las mujeres tris- tisque senectus^ que aquí mora mientras duraren las Cortes.» Claro está que esa ley no era otra que la de acompañar al Emperador su esposo; por cierto que la carta concluye con una anécdota que no deja de tener relación con esa ley, ocurrida con la camarera de la Emperatriz, que confirma lo que se ha dicho de la enfermedad que ésta habia padecido, aunque tratando materias muy delicadas, que no ponian, sin embargo, obstáculo á la desenfadada pluma de Villalobos:

«Cuando partimos de Martorel (dice) venia la camarera muy medrosa de la conversación del Emperador , pensando que la cópula sería causa de recaidas.t Después de esto, no hay que extrañar el sesgo y los términos de la conversación sostenida sobre el particular entre la camarera y el físico, reproducida por éste al final de la carta, conservando en ella hasta las frases portuguesas que usó la camarera, quien vio confirmados sus temores, pues la Emperatriz recayó varias veces en sus dolencias, según resulta de estas noticias que nos Sandoval. «Estuvo muy mala la Emperatriz este año.

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y el Emperador con harto cuidado de su salud, como parece por las cartas que escribió al Condestable desde Mondón á 20 de Julio y á 22 y á 3o; y á 14 (debe ser á 4) de Agosto estaua con mejoría, y á 6 de Agosto le acudió vna terciana sobre mucha flaqueza, y á 10 estaua mejor, y á 17 estaua para ponerse en camino, que todo parece así por las cartas que se escribían al Emperador, y él escribía al Condestable de Castilla! (f).

A fines de este año de i533 y terminadas las Cortes de Monzón, el Emperador fué desde Barcelona á Alcalá de Henares con la Emperatriz. Como antes habia muerto el Papa Gemente VII, que olvidando su reconciliación con el César habia vuelto á confederarse con el Rey de Francia Francisco I, pudo el Emperador volver su atención al peligro con que amenazaba Barbaroja, apoderado de Túnez y de la Goleta, á España y á Italia, pues los franceses favorecían sus piráti- cas empresas. A este fin se dispuso la expedición que con tanta gloria de las armas españolas pasó á África, dirigida personalmente por Carlos V. Durante los largos preparativos de esta campaña, escribió, sin duda, Villalobos la breve carta al Duque de Nájera fechada en Madrid el 7 de Diciembre, casi seguramente del año de i534, pues dice en ella á este magnate: «Con la carta de V. S. recibí mucha merced antes que la abriese, y después de leyda me dio pena. Por cierto tengo que, cesando los rigores del tiempo y volviéndose el aire plácido y sereno, V. S., con ayuda de Dios y con las expe- riencias de la medicina, recibirá bastantes beneficios.» Acertó en su pronóstico Villalobos, pues el Duque de Nájera hubo de aliviarse de sus dolencias, si bien le duró poco la mejoría; pues según refiere Salazar envió á su hijo el Conde de Tre- viño y á sus hermanos á asistir al Emperador en la conquista de Túnez en el año de i535, aballándose ya tan postrado á una larga y prolija enfermedad, que acabó susdias en Navar- rete la noche del sábado i3 de Diciembre.» La carta á que pertenece el párrafo que se ha copiado no puede menos de

(i) Vida del Emperador Carlos K, párrafo 12, lib. XX, tomo II, pá- ^na 178.

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ser del año anterior, pues en Diciembre del año de 1 531 estaba el Emperador en España, y en dicha carta, volvic Villalobos, después de las sentidas frases con que la empi á su tono alegre y picaresco, dice:

«Acá me hicieron grandes preguntas por la salud de V el Emperador y la Emperatriz, y en verdad que la de mucho, y toda la Corte, y las damas lo mismo, que ni vieron hombre tan bienquisto. D/ Catalina me pregun mucho qué mal tenía V. S., y yo le dixe que todo era ei partes gagueras, y que todo lo delantero estaba buei Como se vé, vuelve Villalobos en esta carta á sus pica alusiones á los vínculos que existian entre el Duque Nájera y D.* Catalina.

Al fin del MS. de las cartas de Villalobos, que se cons en el Museo Británico, hay un curioso diálogo entre el I qués de Lombay y el Eco, que contiene noticias intere tes referentes á Villalobos, las cuales se refieren á é\ anterior á la muerte de la Emperatriz, ocurrida en Toleí año de i539; dicho diálogo va precedido de una explica que dice:

tAl Marqués de Lombay, yendo á ca^a, se le perdi< gerifalte, y apartándose de sus caladores en busca del hal dando voces parece que le respondian de lejos, y no era la reverberación de sus mismas voces, á quien los p< llaman Eco; y como iba cansado, acordó reposar allí un ] y preguntar, á (ver) qué le respondian, las primeras ( que le viniesen á la memoria, y como andaba algo dolí acordóse de los físicos. Pongamos una M cuando hal el Marqués, y una f cuando hablare Eco.»

No sabemos que antes de Villalobos usara ningún e tor español de este artificio, pero después de él el regoci poeta Baltasar del Alcázar escribió su diálogo entre un § y el Eco, empleando el mismo procedimiento.

El Marqués de Lombay, de quien se vale Villalobos expresar sus quejas de los pocos favores que le haciai Emperadores, es el famosísimo D. Francisco de Borja, acompañó el cadáver de la Emperatriz desde Toledo á nada, y de quien se cuenta que el sentimiento que le c

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la muerte de aquella señora y el estrago hecho por ella eil su bellísimo cuerpo motivaron su resolución de retirarse del mundo y de entrar en la Compañía de Jesús , de que fué General, donde brilló por las virtudes, que le valieron ser contado en el número de los Santos que hoy veneramos en los altares. Esta tradición, que ni desmiente ni confirma la historia^ ha producido el bellísimo Romance del Duque de Rivas, en que se refiere, y ha inspirado á otros muchos artistas, entre los cuales se debe contar el autor del cuadro que vimos en la última Exposición de Bellas Artes cele- brada en Madrid en la primavera del año de 1884.

En la explicación que se ha copiado dice Villalobos que el Marqués se acordó de los ñsicos porque andaba doliente, y aunque pudo estarlo más de una vez, no hay razón para asegurar que no ñiera durante esta misma dolencia cuando ocurrió lo que refiere Cienfuegos en la Vida de San Fran* cisco de Borja en estos elegantes párrafos:

«Asistía en su enfermedad al Marqués aquel famoso médico del Emperador, el Dr. Villalobos, bien conocido por sus donaires y por sus aciertos, pues entretenía los males con su genio salado, otro tanto como los aliviaba con las máximas f de Galeno. Tomó el pulso al enfermo un dia, después de muchos meses, que duraba rebelde á todos los remedios la cuartana, y reconoció que aquel humor funesto y misterioso, nunca bien entendido, estaba ya casi agotado; y preguntó al Marqués qué le ofrecia si le diese una alegre noticia de que aquella seria la última cuartana. Respondió el Marqués con generosidad de señor, dejando á su arbitrio la elección de aquella alhaja que fuese más de su agrado: estaba á vista el aparador con rica vajilla, edificio vistoso que empezaba á levantarse con cuatro fuentes de plata, en que el arte excedía á la naturaleza, y eran como las primeras piedras labradas de aquella torre de plata y oro que sirve de ostentación á la vanidad. Y mirando hacia la vajilla, dijo que se contentaba con uno de aquellos platos. Asintió el Marqués gustoso, y hubiera ofrecido bizarramente toda la vajilla dorada si el médico no tuviese en pedir la templanza que en las demás acciones de su vida. Volvió al cuarto dia á la hora que solia

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repetir la cuartana, y halló en el semblante del Marqués toda la alegría con que se asoma la salud á la cara. Luego que el Marqués le vio entrar por la sala, dijo: cParéceme, doctor Villalobos, que habéis ganado el plato, porque siento en mi disposición la verdad de vuestro vaticinio.» Llegó á recono- cer el pulso, y halló que, aunque era imperceptible la calen- tura, habia algunas cenizas calientes de su llama* al modo que humean por algún tiempo las ruinas del edificio que asoló un incendio; y si bien se escondía entre las venas la cuartana, tanto, que fuera difícil al más perito reconocer que estaba viva, aunque espiraba, por no faltar á la legalidad y á la inte- gridad de su profesión, instándole el Marqués que no le dila- tase tan apacible noticia, hizo donaire de un suspiro, y usando oportunamente de un equivoco con aquella sentencia del filósofo, que se hizo ya axioma del vulgo, exclamó: •Ami- cus plato, sed magis árnica veritas. Yo, señor, perdí el plato; porque aunque la cuartana es tan débil y el calor tan tibio que apenas se deja rastrear por el tacto; pero, en fin, es alguna, que no pudiera ocultar el médico sin llevar en el plato á su casa una mentira.!

«Celebró mucho el Marqués la prontitud de esta agudeza, y mucho más aquella fidelidad tan exacta: mandó luego que le llevasen á su casa dos de aquellos platos, admirado de que ni el deseo de ver cumplido su pronóstico, ni el interés, le moviesen á disimular un hecho que estaba tan oculto y tan vecino al otro extremo; y mucho más admi- rado, y aun confundido, de ver tan escrupulosa la verdad en Palacio» (i).

Volviendo al diálogo entre el Marqués de Lombay y el Eco, después de preguntar por las mercedes que haria el Em- perador á los doctores Alfaro y Melgar, dice:

•Ai. ¿Y qué han dado á Villalobos?

E, Lobos.

M. No os burléis conmigo; yo os pregunto qué le ha dado el Emperador en esta jornada.

E. Nada.

(i) Oeofuegos, Vida de San Francisco de Borja.

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M. Pues dezíanine que S. M. le había enviado 3oo duca- dos de pensión para su hijo, y que este correo los traxo.

E. Xo.» Parece probable, y en todo caso es verosímil, que el hijo de que aquí se habla fuera aquel Lorenzo que se presentó á Villídobos estropeado y roto, y con un dedo quemado, en Bar- celona» en compañía de un negro, después de doce años de ausencia, de los cuales cinco habia sido soldado; y que la pensión no otorgada se pidiera por su padre en premio de aquellos servicios; si así ñiera podria también suponerse con verosimilitud que la jornada de que se hace mención fué la ida de la Corte á esperar al Emperador el año de i533, á lo que mayores probabilidades lo que luego se dice de la Emperatriz; pero antes el Marqués, en su diálogo con Eco, replica en estos términos:

ttAf. No me maravillo, porque el Emperador diz que le tiene por peor que Mariano.

E, Ya no.

M. Pues cómo le dexó en esta consulta, ¿olvidóse ó de- terminóse?

E. No sé.

M, Si es porque el Emperador cree que no hay física, y por eso cuando estuvo quartanario en Valladolid envió á Villa- lobos á Extremadura, y quedó Ponte por médico de los prin- cipales; y como el dicho Ponte era hijo de un molinero, aprendió á llevar trigo al molino y otras experiencias no.

E. Asno.

M. La ciencia del asno es llevar trigo al molino; mas <en qué pensays que trataba su padre después que dexó el molino?

E. Lino.

M. Es verdad que trataba en lino, y las más de las no- ches, estando borracho, quemaba las manadas; y aun el señor su hijo no está á todas horas en buen concierto.

E. Cierto.

M, Tan cierto como vos estays ahí, aunque yo no quién soys; querría saber si soys hombre ó mujer, si soys persona de paz ó de revuelta.»

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Ya se ha referido la historia del voluntario destierro de Villalobos de la Corte y su breve residencia en Extrema- dura, por celos del físico Narciso, cuyo apellido, por lo que \ aquí se vé, era Ponte, lo cual está de acuerdo con su origen Utaliano. No olvidaba, sin duda, Villalobos su resentimiento con este antagonista y émulo, y aprovechó los recursos que le ofrecia el diálogo con el Eco para llamarle asno, y además nos la noticia que, por la pasión que hacia él tenia no puede parecer fidedigna, de que el médico favorito del Emperador, Narciso Ponte, era hijo de un molinero que después se dedicó á comerciar en lino, y que lo mismo el padre que el hijo solían embriagarse: dichas estas cosas por vía de episodio, vuelve Villalobos á tratar de sus propios asuntos por boca del Marqués, el cual dice:

uM. Mas dexemos estas filosofías y tornemos á nuestro Villalobos. Yo que Pedro González de Mendoza Ueua este negocio mucho á su cargo; veamos en qué ha de romper.

E, Per.

M, Catad ahí vna gentil resolución de negocios; mas ¿qué tal quedará de esso el Arcediano de Toledo?

E. Ledo.

M. Y D. Hurtado, su hermano, ¿qué dirá?

E. Dirá.»

Estos Mendozas eran, sin duda, hijos ó nietcs del gran Cardenal de España D. Pedro González de Mendoza, que los tuvo de varias mujeres: de D/ Mencía de Lemos tuvo al Marqués del Zenete, D. Luis, que usó los apellidos de su padre Gonjalej de Mendoza, y á D. Diego, que se llamó Hurtado de Mendoza; por la época en que el diálogo debió escribirse, se infiere que el D. Hurtado*de que habla es Don Diego, primer Conde de Melito, que después de las' guerras de Granda y de Ñapóles se estableció en Toledo, donde murió el año de i536, fué abuelo de la famosa Princesa de Eboli D.* Ana de Mendoza y de la Cerda, mujer de Ruy Gómez de Silva (i); y si esto es así, como todo contribuye á

(i) Salazar, Crónica del Gran Cardenal»

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indicarlo, el curioso diálogo que analizamos debe haber sido escrito antes de este año de i536.

Continúa tratándose en él de las pretensiones y quejas de Villalobos, que dice por boca del Marqués:

•M. La Emperatriz, ¿no hará algún socorro en la tem- pestad de essa nao?

E. Nad (no, en portugués).

M. Veamos: en estas cosas de Villalobos, ¿ha hablado la Marquesa de Lombay?

E. Bay (sí, en vascuence).

M. Y aprovechóle alguna vez.

f. Ez (no, en vascuence).

M. Amiga, no me respondas en vascuence, que ni le ni le creo.

E. Creo.

M. Ahora dexemos á Villalobos, que está ya tal, que presto nos dexará.»

Otra vez se manifiesta el propósito de abandonar la Corte, que al fin realizó Villalobos^ como luego veremos.

El diálogo se ocupa después de los casamientos de las damas de palacio y de las condiciones que éstas apetecian en los que hubieran de ser sus maridos, y concluye con estas notables palabras inspiradas en los sentimientos místicos de Villalobos:

«Después que el Marqués hubo alternado con Eco, y Eco con el Marqués, conoció el Marqués que por medianería del ayre se hazian en este mvndo todas las cosas, y que, pues todo es ayre, deueriamos de volar con los pensamientos de nuestros deseos en mayor altura, porque en aquella caqa el trauajo es menos, el deleyte más, y la presa es de tanta exce- lencia, que ni los ojos de los vicios la vieron, ni los corazo- nes humanos la pudieron comprehender.»

Notable es, por varios conceptos, la carta que dirigió Villalobos tal General de la Orden de San Francisco, porque no recibia en esta Santa Orden un muy docto hombre, sos- pechando que era confeso. » Su tono difiere del que ordina- riamente emplea en las demás cartas, sin duda por la mate- ria que en ella trata, con gran elevación y con espíritu más

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propio de los tiempos modernos, que de aquél en que \ el famoso físico, quien combate victoriamente las preocí ciones que en él reinaban contra los descendientes d< judíos, á pesar de haber dado en Castilla á la Iglesia Estado varones tan insignes como los famosos Santa Mai Cartagena. El calor con que abogaba Villalobos por los fesos se explica porque, según todos los datos y noticias en este estudio se han aducido, haciéndolo defendía su pr causa.

La carta de que vamos hablando no tiene lugar ni de fecha; pero en ella se dice: «Hay por este Reyno al{ sospecha de que V. P. consiente semejantes insultos; poi también hemos visto que una ordenanza que ahora hs hecho contra los conversos, nunca se hizo desde San F cisco hasta que en la religión suya hubo General fuese de España.* Con este dato se pone en claro qi carta de que se trata fué dirigida al Rmo. P. Fr. Fran< Lunel, natural de Barbastro (i) en el Reyno de Aragón, fué electo cuadragésimonono General en el Capitulo ¿ Orden celebrado en Niza en i535, y gobernó hasta el de 1 540. Fué el P. Lunel varón de mucha virtud y ciei y de tan gran humildad, que siendo ya de los más eminc de su Orden, se empleaba sin afectación en los menesi mecánicos, barriendo el convento y fregando las escudi Por razón de su mérito el Emperador Carlos V le envi Concilio de Trento, donde le eligieron Presidente de t los teólogos, alcanzándole la muerte en aquella ciuds año de iSSo, donde se le dio sepultura en el convento ¿ Orden. De todo esto se deduce que la carta al General di Franciscanos se escribió, sin duda, entre los años de y 1 540, pero no puede precisarse más su fecha. Pocas not biográficas se pueden sacar de ella, porque no caben e espíritu ni conducían á su objeto; pero en cambio los retí que contiene de los malos frailes, y los argumentos que a* contra sus ridiculas vanidades, especialmente la de ser

(1) Cuarta parte de la Crónica de N. P. San Francisco^ por Antonio Dt^, parte 3.*, cap. IV.

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tianos viejos, son verdaderamente admirables, bastando esta' carta para colocar á Villalobos entre los primeros escritores castellanos. Merece, por otra parte, especial mención lo que en ella se dice del gran Duque de Alba, muy joven, sin duda, cuando la carta se escribió, aunque ya habia alcanzado gran gloria como soldado en el sitio de Fuenterrabía y en el so- corro de Viena; porque lo que de él cuenta Villalobos revela ya el carácter enérgico y severo de que dio tantas pruebas en su larga vida; aquí las palabras del físico: «Lo que yo decir del Duque es que en Alba hay una devota cofradía de disciplinantes de la Cruz, en la cual los cofrades ordenaron que no fuese admitido ningún confeso á ella. Muchos dixeron que fué inducimiento del Guardian, y no creo que fué sino sugestión de Satanás, que gana que éstos se agoten y aflijan por su amor, que es envidioso de las buenas obras. En el Duque supo el estatuto, y con gran enojo lo desbarató y mandó que aquéllos entrasen en la cofradía si quisiesen, y fuesen en ella los primeros y preeminentes; y que un alcalde de Castro-Nuño, muy honrado, hizo atestiguar falsa- mente contra un convertido de Alba; y como el Duque fué certificado dello, por quitar de trabajo á los inquisidores, mandó tomar su alcalde y azotarle públicamente por la villa de Alba.»

Al fin de la carta confirma Villalobos lo que los cronistas de la Orden de San Francisco dicen de la humildad del Padre Fr. Vicente Lunel, pues exponiendo los motivos que le habian inducido á escribirle, dice: «Dos cosas me han movido á ello: la una el conocimiento que tengo del dicho agravio, que es mucho más de lo que tengo dicho y cállase por la honra de la Religión; la otra, la noticia que tengo de la humildad j' mansedumbre vuestra, con la cual soléis curar muchos estó- magos, y por esto os he descubierto el mió, sometiéndome en todo á la corrección de la Iglesia y á la corrección y enmienda deV. P.»

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IX.

ÚLTIMOS AÜOS DE LA VIDA DE VILLALOBOS.

Después de la última carta de Villalobos al Duque de Nájera, que, como se ha demostrado, fué escrita en 7 de Diciembre de i534, y de la que dirigió al General, que no pudo menos de serlo después de i535, hay en las que se conservan del insigne físico una laguna de más de seis años, pues la dirigida al Secretario Samano, cuya fecha consta, es de 7 de Agosto de 1542. En este espacio de tiempo ocurrie- ron graves sucesos, y uno entre ellos tristísimo, que influyó grandemente en la vida de nuestro físico; la muerte de la \ Emperatriz. La mayor parte de los que han escrito sobre Villalobos afirman que este suceso le hizo caer en desgracia con el Emperador, pero no hay fundamento alguno para ase- gurarlo, aunque sin duda contribuyó á que realizase, si bien no inmediatamente, el pensamiento que desde su primera juventud le asediaba de vivir retirado de la Corte, consa- grado á sus estudios y á la santificación de su vida. Así lo dice él mismo en la introducción á la glosa de aquella can- ción suya que empieza:

t Venga ya la dulce muerte.»

Véanse sus palabras:

aQuando aquella muy bienaventurada hembra, la Empe- ratriz, nuestra Señora, se fué huyendo de las lágrimas y con- golas desta vida, y se acogió á los placeres y descansos que agora tiene, yo quedé tan triMe y tan descontento del mundo, que deseaua (si Dios fuese servido) morirme en aquella sazón

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con su buena gracia. Y como esto no se alcanza hasta que sea llegada la hora y los términos que tiene constituidos el Señor de la vida y de la muerte, quédeme embeuecido con- templando en los amores de la deseada muerte. Porque ya tenía aborrecida la vida, con quien yo hauia estado abarraga- nado tanta multitud de años, tan mal gastados y tan mal empleados, como han pasado por mi. Que verdaderamente, si agora hiciese (como dizen) palacio y mostrase los vergon- 906OS actos que en presencia de Dios he hecho por todo el discurso de mis edades, yo quedarla tan confuso, que nunca más osaría parecer delante de las gentes. Así que, estando arrebatado en la dicha contemplación, acordé, como buen enamorado, de buscar con toda diligencia las mejores formas que yo pudiese para alcanzar la presa; conviene saber, una sosegada y dulce muerte, de que abaxo hablaré más larga- mente. E paréceme que tal joya como esta no se vende públi- camente en la Corte, sino es en algunos rincones della, apar- tados de toda conversación y palacio, y tan escondidos, que son muy pocos los oficiales que los pueden hallar para sus señores. Y como yo tenía larga experiencia de los heruores y ansias que allí andan en las cosas del mundo, y de las tibie- zas y menosprecios en las cosas del cielo, y auiá pasado por muchas cópetencias y rancores con mis próximos, y gra- des inuidias de verlos yr deláteros y primeros, y quedarme repagado y postrero sin culpa mia; y otras infinitas pertur- baciones que tiranizan y toman de su parte á la voluntad, y roban el imperio y señorío de la razo, y haze de lo dulce amargo y de lo amargo dulce, como los malos y viciosos humores, que perturban el sentido del gusto, determiné de buscar otra morada, dóde, con menos estropiezos^ pudiese caminar por camino más llano y más seguro á la mi muy amada y muy deseada muerte. Porque ya la jornada es muy breve, y la bestia en que voy, quáto más vieja y más can- sada, tato corre mejor las postas para llegar al cabo. Y assí, licecia y gracia de S. M., vine á hazer mi assiento fuera de la Corte. Y escreui estos versos, que por parecer muy cópendiosos y prouechosos para los hóbres que son como yo, les di la siguiente glosa.»

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Como se vé, la retirada que al fin hizo Villalobos de la Corte fué voluntaria, y no impuesta, sino consentida por el Emperador; además, no la llevó á cabo Villalobos el año de 1539, inmediatamente después de la vida del Emperador, sino algunos después, según claramente resulta de la glosa de los versos de esta misma canción, que dicen:

«Quédese á Dios la esperanza del bien que se por suerte,»

w

en la cual se leen estas palabras: t Y como yo anduve en la Corte hasta los setenta años, y entendí las cosas del mundo, hablé conmigo de esta manera.» Ahora bien; si, como queda demostrado, Villalobos nació del año de 1472 á 1473, no cumplió los setenta años hasta el de 1542 ó 43, esto es, tres ó cuatro después de la muerte de la Emperatriz, y, por tanto, permaneció en la Corte todo ese tiempo después de aquel doloroso suceso, no obstante la honda impresión que produjo en su ánimo, y que sólo fué un motivo de los varios que le impulsaron á realizar su deseo.

Sin duda cumplió su propósito Villalobos en 1542, pues de la carta dirigida el 3 de Agosto de dicho año al Secretario Samano (i) se infiere que ya en aquella fecha estaba retirado de la Corte, y probablemente establecido en Valderas, aun- que la carta está fecha en Medina del Campo; en ella noticia de haberse casado en segundas nupcias, y toda está consagrada á este objeto, empezando por las siguientes pala- bras, que dan idea del tono en que está escrita: «Muy magnf-

( I ) En el archivo del Sr. Marqués de Alcañices hay un Diálogo corres- pondiente á la batalla 3.* de la quinquagena 3 *,de Gonzalo Fernandez de Oviedo, en que se trata del Secretario Johan de Samano.

Fué paje del Secretario Conchillos, y le sucedió en el oficio de Secre- tario de Indias por nombramiento del Emperador Carlos V; filé caballero de la Orden de Santiago y señor del palacio y casa del Prado de los marroquines en Samano; fué Notario mayor del Reino de León; se hizo rico con sus oficios y compró al Conde de Salvatierra D. Anastasio de Ayala, que habia sido comunero, los lugares de Semijana, MoríUas, Mor- nijana; labró un barrio en Valladolid, donde tuvo su casa cerca de la Chao- díleria; se casó dos veces y tuvo muchos hijos.

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fico Señor: Yo he dicho en este mundo algunos donayres, mas nunca hize ninguno, porque dezir y hazer no es para todos, y por esso acordé antes que muriese de hazer un donayre de que se ría toda la gente, y fué sainando honor; cáseme con una mo9a fresca y forastera.» El estilo burlesco de esta carta daría motivo á sospechar que el segundo casa- miento de Villalobos fué una mera invención suya para decir donaires, si no contuviera tantos y tan curiosos detalles, que desde luego indican que el matrimonio fué real y positivo; entre otros, las circunstancias en que la boda se hizo, «cuando ya estaba esperando para tragalla su mujer) la serpiente de Aldeanueva, que es vna sepultura viva de vírgenes y de mártires;» esto es, un convento de religiosas donde dice que le mataron de hambre á una hija suya, y arrebatándole aquella presa, se vengó de tan triste suceso.

Con razón dice Villalobos que su casamiento haria reir á toda la gente; pues aunque todavía no habia publicado sus Problemas, muchos de los opúsculos contenidos en este libro eran conocidos, como lo prueba la carta del Dr. Alma- zan que al fin de la obra, fecha en Madrid el 23 de Junio de 1 539. Y no puede darse contradicción mayor que la que existe entre el hecho de casarse Villalobos á los setenta años, y lo que dice en el tratado segundo de aquella obra «del viejo que se casa,» resumido en el metro XIX, que es como sigue:

«Porque se casa de gana un viejo con mil dolores, y que sufra sus hedores una mo^a limpia y sana.

Quando refrescar presume el vicio, que es del demonio, por consumir matrimonio su triste vida consume. »

Villalobos es en esto, como en otras muchas cosas, espejo fiel de la mísera naturaleza humana, y no de un carácter rígido é inflexible, que cumple y realiza en su vida las ideas

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y principios que formula su entendimiento; así le hemos visto predicando el menosprecio del mundo y de sus grandezas, y anhelando al propio tiempo las distinciones y favores de la Corte, como él mismo confiesa en la glosa de la canción de que se ha dado noticia; y ahora le vemos casándose en la vejez, después de haber dicho estas palabras: tGran locura es la del viejo que se casa con mujer mo^a , porque hace locura quando se casa, y haze otras muchas después de casado.» Lo más curioso es que, si bien de un modo bur- lesco, refuta en la carta á Samano lo que habia dicho sobre el asunto en los Problemas; asi, por ejemplo, se lee en este opúsculo: «De manera que el pobre novio haurá de procurar con todas las fuerzas que tiene, y que no tiene, de consumir el matrimonio, pagando el débito á la muger que toma, y no pagándole la tercia parte de la deuda; no consumirá el matrimonio, sino á mismo y á su vida mortal;» á lo cual contesta el mismo Villalobos en la carta á Samano: «Y lo que dicen que la muger mo^a acarrea la muerte al hombre viejo, yo hallo, por mi experiencia, que no saben lo que dicen, por- que la moqa no hace daño sino al mo^o, porque quiere y puede; al viejo no le puede dañar, porque no quiere y menos puede. » ¡Cuan cierto es que el corazón y el entendimiento del hombre son abismos insondables, llenos de contradiccicjies, de oscuridades y de dudas, y su vida un tejido de luchas entre la razón y los apetitos!

Según ya se ha indicado, á la fecha de esta carta habia dejado la Corte Villalobos, aunque, sin duda, poco tiempo antes, pues así se explica el siguiente párrafo de ella:

«Ahora juzgad vos cuál es mejor vida: ésta ola que hasta ahora he tenido, suzia y salvajina, en poder de gabarros suzios y traidores, y en poder de hijos que están en continua asechanza á ver si me sale el alma, que ya la querían ver fuera, aunque fuese en las uñas del diablo. Yo estoy ahora con más descanso que nunca; y dexéle de tomar antes, por- que para los hombres pobres es muy trabajosa vida traer muger en la Corte, assicomo es buena estando de assiento, >

Se hizo antes mención de esta carta, porque contiene una prueba más de que Villalobos era confeso, y tan clara y

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evidente» como que él mismo lo declara; y al propio tiempo noticia de que también lo era el Dr. Almazan, famoso médico de su tiempo y amigo de Villalobos, á quien escribió la carta laudatoria de los Problemas de que antes se ha hablado. En efecto, refiriéndose á su nueva esposa, dice:

«Es una muger mesurada, y con aquella su gravedad Dunca haze sino decirme en secreto mucho mal de los con- fesos, y que no los puede ver más que al diablo. Yo dígole que tiene razón, porque son tan judíos el dia de hoy como el dia que nacieron. En este articulo se parece mucho á Vmd. quando descansaua con la calentura y me rogábades que yo solo tomase el cargo de la cura, porque no os fiábades del doctor Alma^an, ni de hombre que fuese confeso. Para esta inocencia de mi muger yo he mandado á dos amigos que la desengañen, porque no se destemple tanto, y nunca se lo han osado decir; mas yo la desengañaré también, en llegando á mi casa^ plaziendo á Dios que ella quede corrida de lo pasado.» Dedúcese además de este párrafo que Villalobos, estando en Medina del Campo, donde lo escribía, no estaba en su casa, sino en camino para ella, y por eso se ha dicho antes que, retirado de la Corte, se fué á vivir de asiento á Valderas,

Sin duda desde este pueblo hacia frecuentes excursiones á distintos lugares, según lo demuestra el principio de la carta dirigida de Valladolid al Comendador mayor de León, Francisco de los Cobos, Secretario, como Samano, del Emperador Carlos V; y aunque sólo está fechada en 1 2 de Setiembre, sin duda fué escrita después del año de i543, pues repite, como en otras, que habia estado en la Corte hasta los setenta años. De esta interesante y curiosa carta se conservan dos copias: una en el Museo Británico, y otra en el archivo de la Real Academia de la Historia, y si bien entre ambas existen muchas variantes, son sólo de impor- tancia literaria, pues dicen en el fondo lo mismo, y confir- man el juicio que brevemente hemos expresado acerca del carácter de Villalobos, el cual refiere de un modo pintoresco las luchas de su espíritu entre su deseo de vivir retirado y las seducciones de la Corte. La carta empieza asi: «Muy

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ilustre señor: Quando en Valladolid, en casa de V. S. ) compañía del Sr. D. Juan Manuel (i), estoy arrepentid siento soledad del regocijo de la Corte, ¿qué haré en Vi ras, sino ahorcarme de una encina? Todos quantos dia eran allá mis conocidos, se vienen á juguetear conmi| ponerme delante mil tentaciones. «Después de esto enun con su natural gracejo todas las sugestiones que le hacen diablos para que vuelva á la Corte, y entre ellas una debia ser para Villalobos de gran ñierza, á saber, la fort de sus hijos, sobre lo cual dice:

«Viene otro y dízeme que no hay esperftfa de reo» acá para mis hijos, y allá sf, porque un dia tras otro, vi dome el Emperador, se acordarla de dalles de comer; y no se sin respuesta, porque yo le digo que bastó esp hasta los setenta años; pues hay muy pocos hombres lleguen á ellos, y cuando á este plazo no hauiamos medra excusado era esperar más. Replicó el diablo que Fons después de los setenta, esperó la vacante de la encomie maior y salió con ella; y el gran Chanciller esperaui Papa, y en medio del camino perdió el resuello; y Diego Ossorio esperaua ser Maiordomo de la Emperatrí como vio que se tardaua la vacante murióse de viejo, qi espera un poco más todavía la llevara; el Obispo de A esperaua la vacante de Toledo, y D. Luis de la Cerda el c miento del Príncipe para ser ayo de su hijo maior. Dt cese de lo dicho que Villalobos no alcanzó para sus I los favores que del Emperador pretendía, y aunque fuese así, no basta para acusar á Carlos V de poco gene con su físico, el cual confiesa, como se ha visto en su c al Comendador Hernan-Nuñez Penciano, todo lo contrari en esta misma dirigida á Cobos otra de las sugestiones qi hace el diablo para que vuelva á la Corte, es como sigu(

«Viene otro diablo que gobierna la ñsica, y dize: c¿ puedes ganar en Valcíeras, sino un lechon, que I

(i) D. Juan Manuel fué caballero del Toisón y señor de Cévioo Torre y Belroonte de Campos. Salazar de Mendoza, Crónica del Can Ta»era^ pág. 121.

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prorecbo te haga, y una cestilla de uvas colgadas? ¿Y quál ganancia era la de la Corte, que hauia con ella para gastar y jugar como un duque, y andar siempre con la bolsa llena de ducados?» No niega en su respuesta Villalobos esto, sino que responde: «Digo: más vale el dinero que acá dejaré de jugar, que todo lo que allá ganaba, y veslo ahí en lo que me sobró cuando me vine.» Ya sabemos, por confesión propia hecha en la carta á Heman-Nuñez, que Villalobos vivia espléndida y lujosamente, y si además jugaba, £ácil es comprender que no bastaran sus salarios en la Corte, y sus ganancias como médico de los Grandes, para hacerse rico y dejar pingüe herencia á sus hijos; era, no obstante su origen judio, poeta y hombre de letras Villalobos, y es sabido que con estas condiciones no suele ir junta la avaricia, ni siquiera la par- simonia, y por eso acompaña de ordinario la pobreza á los que cultivan las musas.

El cuadro que en esta carta pinta Villalobos, de la vida galante de la Corte de Carlos V, es digno de contem- plarse:

cLuégo vino (dice Villalobos) el diablo de las damas y dice: «¿No te se acuerda de la vida que tenias en palacio? Una hermosa te tomaba y otra te dejaba, y los caballeros, porque salias de entre ellas, todos tenian cuenta contigo y te daban mil abrazos, y cuando adolecían luego te llamauan y te paga- uan por amor de amigo.» Estas frases traen á la memoria que habia sido Nuncio del Papa en aquella Corte el autor del Cortesano, y que este libro, que tradujo en i533 Boscan, andaba en manos de los. caballeros castellanos que formaban la Corte, y era el código á que ajustaban su vida; sin em- bargo, Villalobos, como todos los viejos, era laudator tem- ports actí, y en este mismo párrafo dice: tYa era pasado el tiempo en que medráuamos con los caballeros por amor de las damas, desde que murió el Condestable D. Bernardino y el Duque de Alba. Estos, siendo finos enamorados, eran en este caso cabezas de bandos, y cada vno dellos regia y acau- dillaba á los que eran de su parte, y como eran generosisi^ mos, ayudaban largamente á los que no podian llevar ade- lante la costa de los amores, y andaba la cosa tanto sobre

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porfía de quererse aventajar los vnos á los otros, que las damas triunfaban mucho y no perdian nada los que se lle- gaban á ellas. » El Condestable de Castilla de que aquí se habla, como ya se ha dicho, era D. Bernardino Fernandez de Velasco, tercer Conde de Haro, Camarero mayor del Rey y primer Duque de Frias; quien fué además tres veces Capitán general de Castilla y Virey del Reino; el Duque de Alba, que competia con él como cabeza y jefe de uno de los bandos de los enamorados, no era el Gran Duque D. Femando Al varez de Toledo, que sobrevivió á Villalobos, y que no se sabe que se distinguiera por sus ostentosos galanteos, á pesar de que era discípulo de Boscan, sino su abuelo D. Fadrique, de quien dice López de Haro, confirmando el juicio de Villalobos, que fué generosísimo señor y de grande casa y autoridad; su hijo primogénito D. García no llegó á heredar el título, porque murió antes que su padre en la isla de los Gelves, donde hizo cosas de famoso capitán, peleando con sobrado ánimo contra los moros, por lo que sucedió en la casa su hijo D. Fernando.

Enumera Villalobos en esta carta, como la última y la más poderosa razón que le hacía echar de menos la Corte, la consideración que á él y á sus deudos daba el puesto y el favor que alcanzó en ella, y esto revela un nuevo aspecto de su carácter, pues á pesar de su intermitente misticismo, y del desprecio de las grandezas humanas de que tanto habla en todos sus escritos, en esta carta, y estando ya consagrado, como dice, á granjear la salvación de su alma, se expresa en estos significativos términos:

«Tras éstos todos viene el mismo Satanás y dice: «Quando estañas en la Corte todos los Grandes te hai^ian mucha más honra de la que tu merecias, y tus deudos eran honrados en sus tierras por amor de tí, y preciábanse de ser tus parientes; ahora, metido en Valderas, serás tan ruyn como vno dellos. Este vcUaco me hizo llorar toda una madrugada, porque

supo dar el corte por la coyuntura » A pesar de tales y

tantos recuerdos y tentaciones, manifiesta Villalobos su deci- sión de continuar en el retiro, pues dice á Cobos: cY no piense V. S. que son fábulas las de esta carta, que verdade-

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ramente pasa esto por mi, sino es ver la cara del diablo; mas bien se conoce que es él en las turbaciones que roe pone, porque espíritu bueno no habia de aconsejar á un viejo que Un gran experiencia tiene de la vida y peligros de la Corte» que se volviese i ella, ni yo lo baria ya si no perdiese el sesso; antes he recogido mis libros, que los tenía derramados por mil partes, y ahora verá V. S. qué tal letrado he de salir para el otro mundo.» Esto último es prueba de que el amor de Villalobos á las ciencias y á las letras sobrevivió á todas sus vicisitudes, y que á ellas dedicó sus últimos años, pues como se verá luego, ya retirado en Valderas, en el año de 1 544 dio al público el libro que lleva el título de Problemas, á que debe el honroso lugar que ocupa en la historia de la literatura castellana.

Al final de esta carta, según una de sus copias y según la otra en forma de postdata, Villalobos noticia de la enfer- medad que probablemente le Uevaria al sepulcro; y á pesar de que como físico no podia desconocer su gravedad mayor en aquel tiempo que en éste, lo hace en estos regocijados términos: «Oluidóseme una cosa que ha passado por de bienaventurada recordación: yo venía pensando en criar yeguas de casta en el monte de Valderas, porque soy aficio- nado á potros de buen talle; plugo á Nuestro Señor hazer el comienzo, y hame dado una potra de ruyn casta. Digo: Señor, potros querria yo, que no melón de invierno.» Así habla Villalobos de la hernia, que en su edad no podría menos de causarle grandes molestias.

Habrá, sin duda, quien note que en esta carta Villalo- bos al Secretario Cobos el tratamiento de Señoría, mientras que sólo el de Merced á Samano, y esto, sin duda, no es casual ni arbitrario, sino que se explica porque Cobos, á más de ser Comendador mayor de León en la Orden de Santiago, era á la fecha de la carta Adelantado de Cazorla, y habia alcanzado bulas del Pontífice para que se perpetuaran en su casa los estados que formaban el Adelantamiento, con lo cual fué origen y principio de una de las ilustres familias de este Reino, que se unió muy pronto con las más antiguas y aristocráticas. Por cierto que todos los escritores, aun

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el mismo Salazar , panegirista del Cardenal Tavera, dicen que corrió muy válido el rumor de que éste alcanzó el Ar- zobispado de Toledo, que creyó obtener el Cardenal don Alonso Manrique, porque ofreció á Cobos dicho Adelanta- miento; Salazar, como era de suponer, no crédito á estos dichos de la Corte, que de ser ciertos presentarían á Tavera como reo del delito de simonía; pero lo cierto es que, así Samano como Cobos, sacaron grandes provechos del ejerci- cio de sus elevados cargos, en especial el segundo, de cuyo ca- rácter hace una pintura poco halagüeña en su Historia de las Indias el P. Las Casas, porque sin haber residido en ellas, era uno de los que tuvieron mayores repartimientos de indios, que le producían cuantiosas rentas.

Aunque más breve que otras, no es menos interesante la carta que escribió Villalobos al Duque de Nájera el 12 de Agosto de 1646; lo era éste desde i536 D. Manrique de Lara, hijo de D. Antonio, de quien se ha dado larga noticia, por ser gran amigo y uno de los más asiduos corresponsales de Villalobos. £1 Duque D. Manrique nació en el año de i S04; muy joven aún le envió su padre en socorro de los caballeros de su familia á Álava, donde se habian refugiado persegui- dos por los comuneros que capitaneaba el Conde de Salva- tierra; estuvo en la campaña de Túnez con el Emperador, á quien acompañó también en la guerra de Güeldres; allí enfermó el año de i545, por lo que le mandó el Empera- dor á curarse en Flándcs, viniendo después á convalecer á España; además, ya se ha referido su casamiento con doña Luisa de Acuña, hecho con circunstancias tan notables por su tio el Cardenal Arzobispo de Sevilla D. Alonso Manri- que, suceso que cuenta, en su Crónica del Cardenal Tavera, Salazar, de donde lo tomó Fr. Prudencio de Sandoval para su Vida de Carlos V, Por último, el Duque D. Manrique murió en su villa de Valencia el 12 de Enero de ¡558 (i). La carta que le dirigió Villalobos en 12 de Agosto se esclarece teniendo en cuenta la dolencia contraida en la guerra de

(I) Salazar y Castro, Casa de Lara, lib. VIH. cap. IX, tomo II, pá- ginas 181 y siguientes.

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Aiemama, tporque le hizo mucho daño andar armado y dor- mir al descubierto, porque el Emperador lo hacía así,» según dice Sandoval en la obra tantas veces citada. Aún no estaría del todo sano el Duque, cuando Villalobos empieza su carta en estos téiminos: «limo. Señor: Deseo mucho la salud de V. S- assí por ser ella muy preciosa, como por tener un hombre de mi tierra con quien se pueda hablar. Después de esto, cuenta elocuentemente Villalobos la situación en que se hallan los que alcanzan el privilegio tan ansiado y tan triste de prolongar su vida, diciendo: «Y como en el proceso de mis edades se me han muerto dos ó tres generaciones con quien yo trataba, tan muerto soy para los que quedan, como los que yo he visto.» Enumera luego las personas y las cosas que habian dejado de existir, con palabras llenas de melan- colía. «Murióse el Rey (dice) con toda aquella camarada; muriéronse los Grandes; murióse la moneda y los que la ate- soraban; muriéronse los Arzobispos y otros Arzobispos y los Arzobispados con ellos; y ¿quien no es muerto, pues se murió Perico Ayala, delicias del linaje humano, y el bastardico, y ahora Ménica? ¿y no murió D. Miguel? Muriéronse la damas primas y las torzuelas, y las fiestas y la liberalidad y todos los placeres, y toda la buena simiente de las virtudes, y los hombres de la razón, porque quien lo hauia de resucitar todo, por nuestros pecados no puede estar sino ausente de la patria.» No hay para qué decir que estas palabras se refie- ren al Emperador, á quien con tanta pena veian sus subditos españoles lejos de estos Reinos sosteniendo una gigantesca lucha que, si bien fué fecunda en gloria para las armas espa- ñolas, no lo fué para el bien y prosperidad interior de la patria, víctima de aquel extraordinario esfuerzo, que no bastó á asegurar, ni siquiera á conservar por mucho tiempo, el inmenso poder que logró alcanzar la Casa de Austria.

El estado valetudinario del Duque le obligaba á recurrir á los físicos, y por eso Villalobos trata de ellos en esta carta en términos muy interesantes y curiosos para los que estu- dian las costumbres de Castilla en el reinado de Carlos V. tAquí me dixeron (escribe Villalobos) que está con V. S. el Dr. del Águila, de que he holgado mucho por la buena

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relación que de su doctrina y de su juicio; mas dixéronme también que habla requerido al Dr. León, que tiene U cáte- dra de Alcalá, y desto me pesó mucho, porque no se puede sufrir en compañía de otro, y es hombre que por sostener una opinión e9poco para él matar todos los enfermos de una oto- ñada y aún á los físicos, porque trae debaxo de la loba un bracamante, y en disputando con alguno, nunca quita la mano de la empuñadura. Yo le vi leer una vez á los escola- res, y era tanto el hervor y el aceleramiento con que leya, que no pudo sufrir la angostura de la cátedra, y apeóse de ella en mi presencia y vínose con tan desordenado ímpetu, que me hizo temblar la paxarilla en el cuerpo. Quiso Dios que no lo habia conmigo, porque llegado al fin de la carrera que se hace entre aquellos bancos, volvióse por el mismo camino; y tanto era el esgrimir de los brazos, que unas veces corría y otras saltaba, con los ojos salidos fuera, echando es- pumas por la boca como los sacerdotes de la cueva de Ero- phemio.» Digno es del pincel de Velazquez este retrato del Dr. León, el cual, asi como el Dr. del Águila, está compren- dido en la lista que pone Lobera de Avila después del pró- logo de su Regimiento de Sanidad de los ilustres y doctísi- mos médicos de su tiempo, en la que se dice que el Dr. León era catedrático en Alcalá, y el Dr. del Águila médico de la Cámara del esclarecido Príncipe nuestro Señor; esto es, del que fué luego Rey D. Felipe II de este nombre.

El final de esta carta confirma lo que ya se ha dicho acerca del estado de salud del Duque D. Manrique, á quien escribe Villalobos: «Suplico á V. S. que mande á su secre- tario que haga relación, con los que vienen ala feria, de la disposición de V. S., porque si mi facultad bastase para ello, nunca cesarían los correos que me diessen cada dia nuevas del Duque de Náxera, mi señor, y de mi señora la Duquesa» (i).

(r) Kn Medina de Rioseco, por concesión de 1477, ^ celebraban do« ferias, una el 6 de Abril y otra el 18 de Setiembre; á los que habían de ir á esta segunda se refiere Villalobos, que escribe el rs de Agosto, y esto prueba que hacía larga residencia en aquella villa, como la habia hecho años atrás, según se inQere de sus cartas.

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La última carta que se conoce escrita por Villalobos es de 2 de Mayo de 1 549, y aunque no cita el lugar en que está fecha, se infiere que también se escribió en Medina de Rio- seco, donde habia ido á asistir á la Duquesa de Medina, mu- jer del Almirante de Castilla, á quien la carta vf dirigida. No era ya éste el famoso autor de las Cuatrocientas pregun- tas que falleció en el año de 1 538, el dia 9 de